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MARITA

 foto rita Haywort para relato marita web

MARITA

 

La vi por primera vez en una cafetería de Sevilla llamada Glamour. Era una mujer esbelta, de ojos grandes, brillantes y oscuros, que miraban y mataban como en los poemas de amor de algún sabio de la pluma leídos en mi adolescencia. Tenía un pelo largo, ensortijado y rojizo, que se extendía y movía sobre sus hombros. Pensaba yo al mirarlo en otros tiempos, en que los pelirrojos eran acusados de brujos, pero sin duda esta chica apenas hubiese llegado a ser sospechosa, pues la belleza suele abrir y enternecer los corazones, aunque los juzgadores sean Torquemadas. Poseía una nariz recta y una boca rosada de labios alargados, con una curva insinuante y provocativa en el labio superior. Acostumbraba a sonreír a todo el mundo de manera casi mecánica, dejando traslucir un encanto que para mí no tenía límites. Era invierno entonces e iba cubierta por un vestido de noche color plata, que solo dejaba ver un lindo pie embutido en un zapato de tacón de charol rojo. Llevaba la chaqueta en una mano, también de color plata brillante, llena de adornos y abalorios que tintineaban como estrellas en la noche. La llevaba apoyada sobre su hombro y a cada paso que daba giraban de manera armónica la chaqueta y sus caderas. Estuve seguro, mientras la contemplaba bajar, que me encontraba en aquel momento en algún paraíso repleto de glamur y lujuria y que mis ojos soñadores no volverían a ver jamás aquel espectáculo único, que solo la grandeza de Dios o de la naturaleza nos puede ofrecer.

   Me encontraba allí aquella noche descansando, después de realizar un sinfín de castings para escoger las estrellas de mi nueva película. La verdad es que encontré un chico majísimo con la cara de James Dean, para hacer de mafioso afortunado, pero estaba aún por decidirme sobre quién sería su partenaire. Al ver aquella diva latina ante mis ojos, supe que me tenía que arriesgar a acercarme y a conocerla, a contarle la hermosura del arte del cine y a pedirle que fuera mi estrella particular. A pesar de la seguridad con la que me movía por el mundo, sentí tambaleárseme las piernas mientras le ofrecía fuego para el largo y delgado cigarrillo con boquilla, que se había puesto en la comisura de sus labios. Con todo, me armé de valor y la invité a una copa, que tras vacilar un momento, aceptó. Noté una oleada de perfume demasiado embriagador, que no me dejaba percibir su aroma natural. Estuvimos hablando un rato y le conté toda la historia de la película que había venido a rodar a estas tierras de sur, para mí siempre llenas de alegría y misterio. Me escuchó un tanto perpleja como si le estuviera contando una historia de extraterrestres, en fin, parecía que a todas luces no me creía. Le hice reparar en parte de mi equipo que estaba por el enorme pub diseminado y en los utensilios que estos traían: cámaras de última generación, pantallas, focos, y mientras poco a poco se fijaba en ellos y los oía hablar en inglés descuidado, se iba dando cuenta cada vez más que le contaba la verdad. Apoyé mis palabras con distintos panfletos, que le hice traer a mi ayudante y con un sinfín de fotos de hermosas muchachas, que habíamos tomado. Cada vez parecía más interesada, y al final me dejó su tarjeta para que la llamara. Al parecer era estudiante de Historia del Arte, una estudiante acomodada, ya que podía permitirse en un país como España estudiar cosas con poco futuro laboral. Se atrevió a preguntarme como era que yo hablaba perfectamente el español, más aún, el andaluz y le conté algo de mi historia familiar. Mi madre era de aquí del sur, por lo que mi lengua materna había sido el español. Yo amaba España, y para mí estar aquí era como volver a encontrarme con mis orígenes. De hecho, quedaban aún familiares de mi madre distribuidos por Sevilla y Almería. Primos lejanos, pero al fin y al cabo de mi misma sangre.

Por la noche, repasando aquellas escenas en el diván del apartamento, me pregunté por un momento si no sería mejor, antes que ofrecerle el puesto de actriz pedirle matrimonio, pues el dios Cupido, siempre pendiente de los descuidos de los mortales, había actuado con sus flechas doradas sobre mi afligido corazón, que había pasado ya por dos divorcios y se había hecho la promesa del nunca jamás. Con todo, sentía en aquellos momentos y en realidad era cierto, que me había hecho siempre acompañar de mujeres hermosas de las que no estuve enamorado jamás. En cambio, ahora sentía latir agitado mi corazón, como si quisiera por momentos escapar de la caja torácica en la que se encontraba y que hasta ese mismo instante había sido regulada solo por mi cerebro. Decía mi madre siempre que el amor era una especie de locura, que solía atacar a los jóvenes y tener consecuencias nefastas en su vida. Pero yo tenía ya cuarenta años, no era un jovencito sin cabeza, que nunca lo fui. Aun así, quizás mi mente buscaba también el amor verdadero, ese que perdura más allá en el tiempo y atraviesa la laguna Estigia en la barca de Caronte. Una española, igual que mi madre, más hermosa, si es que cabe algo más bello que una madre. Con ese cuerpo descomunal y esa mirada ingenua, que solo se tiene a los veinte años. En fin, repasando más y más las cosas me di cuenta de que estaba actuando como un bruto machista, tenía sin duda derecho a ser la estrella del filme, si así lo deseaba. No me terminaba de ver a mí mismo con buenos ojos cuando pensaba en las mujeres como una posesión personal. Todos tenemos derecho a elegir y lo mejor siempre es que esta elección sea libre. De esta forma, al día siguiente, la telefoneé para tomar café. Me dijo que andaba por la universidad, pero que a eso de las seis podíamos quedar de nuevo en el Glamour. Si era tarde para el café, podríamos tomar una copa, aunque lo cierto es que Marita, como la llamaban sus amigos, ni siquiera bebía alcohol.

Llegó un poco tarde al Glamour, eran alrededor de las seis y media y se disculpó por su falta de puntualidad. Andaba fotocopiando ciertos apuntes, y había varias personas en la fotocopiadora, por lo que tuvo que esperar. Su ropa era entonces informal, aunque no falta de elegancia. Llevaba unos simples vaqueros, pero la camisa que pude contemplar una vez que se quitó la cazadora de cuero, era exquisita, llena de ramos delicados color corinto, con un fondo crudo, uniforme y apastelado. Llevaba también unos preciosos pendientes rojos de coral, que le favorecían mucho y dejaban descubrir la largura de un cuello blanco de cisne. Como con el cisne de un poema de Rubén, una pregunta caía sobre mi cerebro, ¿Cómo había tenido la suerte, casi nada más llegar, de encontrar una mujer cómo aquella?

Finalmente, tras hacernos amigos y someterla a un sinfín de pruebas, me decidí por Marita. Además de hermosa tenía una memoria excelente, que seguramente se había desarrollado más con los años y su afición a estudiar Historia. Hablaba perfectamente el inglés, pues desde los tres años había recibido clases con una nativa. Los veranos solía pasar un mes en Londres practicando, de forma que posiblemente no necesitaría ni doblarla. Así las cosas, nos decidimos a rodar, quería hacerlo en Sevilla, pero finalmente nos fuimos a Almería, ya que nos pareció que convidaba más a pensar en un país sudamericano, en el que el guionista había situado parte de su historia. La segunda parte de la película la rodaríamos en Estados Unidos. El protagonista era un traficante de alcohol en los tiempos de la ley seca y Marita su mujer fatal. El chico, que al final terminó siendo rico y viviendo en Norteamérica, pasó unos años en el trullo por culpa de la hermosa Marita. Era una historia que estaba llena de múltiples aventuras y al final, nuestro James, acaba encontrando la felicidad y terminaba retirándose del negocio que lo había hecho rico, antes de morir a manos de sus contrincantes. Pues todos ansiaban lo mismo, el monopolio de la venta de alcohol clandestino, y los tiros y los navajazos rodaban por doquier. (1)

En cuanto a Marita y a mí, yo le pedí matrimonio y ella aceptó. La película fue todo un éxito. Marita era acosada por la prensa norteamericana a cada paso que daba. Con un solo filme había atrapado el corazón del espectador y ciertamente no había más que mirarla para enamorarse. Muchas veces sentía grandes celos de su popularidad, parecía como si los fans me la intentaran arrebatar, pero como yo siempre he sido un hombre civilizado, sabía contenerme e intentar que ella no lo notara, pues sin duda de no ser así, vería claramente mi inferioridad y tal vez perderíamos para siempre el amor y la relación tan amigable que teníamos el uno con el otro. Tengo que decir también que en ninguna relación de las que había tenido hasta ahora, había habido tanta pasión y placer.

Nos faltaban tres días para volver a España y casarnos, habíamos vivido algo más de un año en Nueva York y necesitábamos unas pequeñas vacaciones para reponernos de los paparachis y del estrés de rodar en un tiempo récord y qué mejor lugar que las playas de Almería para descansar. Teníamos a todos expectantes esperándonos en Sevilla, aunque yo no dejaba de notar cierta reticencia en la madre de Marita, pues la separación que suponía vivir en otro continente, no le terminaba de convencer. Para ella, los artistas éramos todos gente disoluta, que no lográbamos establecernos con normalidad. Siempre de un lado para otro, le solía oír decir que no eran estas las condiciones más idóneas para formar una familia y que tarde o temprano el divorcio llegaría y que los hijos quedarían a merced de la suerte y la inestabilidad. Finalmente, la buena señora cedió viendo tan enamorada a Marita, y contemplándola a través de la gran pantalla. Ciertamente su niña, me decía: <<era toda una estrella>>.

Esto que voy a decir ahora, aunque tal vez sea una opinión infundada, es la mía. Los católicos son tremendos para las bodas, no se conforman con firmar un simple papel. Es necesario adornar la iglesia, formar un enorme banquete, comprarse unos vestidos de cine, realizar un cursillo previo… Hay que decir también a favor de ellos, que el cura se conformó con una simple semana. Menos más, pues no me las prometía yo tan mollares con el susodicho.

   La influencia de los padres de Marita hizo que la boda se celebrara finalmente en la Catedral de Sevilla, parece ser que al ser yo director de cine americano, no quiso el señor obispo sino darnos los parabienes por todo lo alto. El mismo obispo, amigo del padre de Marita, se dispuso a oficiar la boda. Pasé por todos estos preparativos, aunque preguntándome a cada paso como es que la unión de dos amantes era una cosa tan pomposa, con paciencia y aunque yo, que no era como mis padres en eso, no tenía ningún credo, lo cierto es que andaba muy enamorado de la que sería mi mujer y por no contrariarla pensé seguir y callar, aunque las mujeres, una vez se ponen los pantalones, esta era la opinión de mi tío Patronio, no se los solían quitar así como así.

Y por fin llegó el ansiado día, con un tiempo estupendo primaveral, las nubes que había al amanecer se habían disipado del todo, confirmando aquello de que la lluvia en Sevilla es una pura maravilla, pues hacía un sol espléndido de agosto, y el agua que prometían los meteorólogos no hizo en todo el día acto de presencia. Por una serie de acontecimientos, que no viene al caso relatar, relacionados con mi nueva película, de la que no iba a ser estrella Marita, --pues, nosotros, aunque aún no se notara, esperábamos un bebé y ya estábamos casados en Norteamérica, aunque esto no lo sabía nadie de la familia de Marita, a los que no les dijimos ni una cosa ni la otra, para que no dejaran de vernos como buenos cristianos--, decidimos ir a la iglesia por separado y juntarnos allí. Hay que decir que yo debía llegar una media hora antes y estar esperando para que mi linda novia no se lo tomara a mal y accediera a dar el sí quiero sin protestar. Con la venda en los ojos del amor, esa que no deja ver ni un rayo de realidad, salí muy compuesto desde un hotel a las afueras de Sevilla, donde me encontraba localizando exteriores. El coche que me lo habían enviado a la puerta era un Rolls Royce negro brillante y recién pintado. Lo conducía un tipo moreno de piel y de ojos, de unos treinta y seis años, con una melena negra lisa. Me complació mucho verlo, porque pensé que estaba ante un típico gitano, etnia esta muy particular, que yo solo había visto hasta entonces en fotos, cuadros y películas y sentía por ellos mucha admiración, aunque jamás traté con ninguno. Me senté detrás y me puse el cinturón. A medio camino recogimos a otros dos supuestos gitanos, familia del chófer, elegantemente vestidos, que querían asistir a la boda y yo no quise quitarles el gusto. La verdad, para ellos era esto todo un acontecimiento y querían ver con sus propios ojos la catedral arreglada y a la hermosa Marita vestida de blanco; no hacían sino felicitarme por tan buena elección y besarme la cabeza diciéndome la fortuna que había tenido con la señorita. Entre unas cosas y otras no me daba cuenta de que nos dirigíamos hacia otro lugar. Cuando ya empecé a preguntarme si no tardábamos mucho en llegar, el coche salió de la autovía y se metió por un carril de tierra. Uno de los gitanos apretó un revólver sobre mis costillas y el otro jugueteaba en su mano con una navaja. Los cristales del coche eran ahumados, así que si entrábamos donde había gente nadie nos podía ver. Llegamos por fin a un gran cortijo de lujo, que poseía una puerta de garaje automática. Una vez dentro, me trasladaron maniatado y desnudo a un dormitorio que se encontraba en la parte de arriba de la vivienda. Nadie nos vio, pues subimos por un ascensor que comunicaba el garaje con el tercer piso y el ascensor no paró en ningún otro lugar para recoger a persona alguna. Allí, asegurados los gitanos de que no me podía mover de la cama, salieron y cerraron la puerta con llave. Me encontraba amordazado y no podía gritar. Estaba seguramente en lo cierto pensando que me habían secuestrado por ser americano para pedir un rescate; tenía así la esperanza de que no me matarían hasta que lo cobraran. Pero ¡ay!, ¡la hermosa Marita sola en esa iglesia tan grande!, no cesaba de decirme a mí mismo que me pediría el divorcio por no haber asistido a la boda, bien que hacía más de cinco meses que ya estábamos casados, pero esta afrenta ante su familia no la olvidaría jamás. Haciendo memoria e intentando visualizar el principio de esta aventura terminé recordando que había otro Rolls Royce más abajo que acababa de llegar cuando yo subí a este. No me fijé en la matricula, ni en si iba adornado o no. Como la familia de Marita ya había tenido meses para ir anunciando la boda, estos gitanos se debieron de enterar y en fin, preguntando, preguntando… me encontraron. Y allí estaba yo en esa cama atado y amordazado con sogas enormes, maromas que decía mi madre, sin poderme despegar. Un rato después se abrió la puerta y entró una mujer morena de luna, que a mí también se me antojó que era gitana y me dijo:

--¿Cómo estás guapo? Hoy te voy a complacer como a ti te gusta.

Le expliqué por señas que me soltara. La mire con gran admiración para ver si me dejaba libre, como si nunca en mi vida hubiera visto nada semejante, y es que de verdad que jamás me había visto en otra como la de marras. La mujer me acarició el pelo con cierta ironía y cierta guasa y empezó poco a poco un estriptis en el que se quedó desnuda igual que yo. Se acostó a mi lado me besó y me abrazó y me hizo el amor, aunque yo me hallaba completamente inmóvil. Pasamos de esta guisa hasta la mañana siguiente yo intentando soltarme y ella que no quería cooperar en esto. Las sogas, que me habían puesto los gitanos, no las podía yo solo quitar de ninguna manera y lo único que terminaba oyéndose era el ruido mecánico de los muelles de una antigua colchoneta y a mí jadeando, intentando despegarme.

A la mañana siguiente, a eso de las diez, la gitana salió y a los veinte minutos regresó:

--Mira cariño vamos a pasar aquí la luna de miel, mañana a primera hora te soltaré. Hay alguien que ha pagado el rescate por ti. Te quitaré las sogas con una navaja, si es que puedo y habrá un taxi esperándote para coger tu solito el avión a Nueva York, no se te vaya a ocurrir pasar por casa de Marita, porque irán mis hermanos a por ti. Aquí tienes la comida, para que veas que no somos tan malos. Mañana te la podrás comer y beberte esta botella de vino que sabe a Sevilla y a mi huerto, querido. Ahora, lees el periódico que te lo dejo abierto por el especial de ayer:

<<Esta mañana a las doce ha tenido lugar el enlace matrimonial entre la actriz Marita, protagonista de la película Vivir para contarla y el señor Moreno, candidato a alcalde en las listas de Sevilla en las próximas elecciones; abogado, rico, joven y hermoso, como la inolvidable Marita. El acontecimiento que ha tenido pendiente a toda la prensa ha sido toda una sorpresa, pues se creía que Marita iba a contraer matrimonio con el director de la película. Parece ser que temiendo algún altercado por parte de grupos terroristas o de los de ideas contrarias al credo que procesa Moreno, fachas todos, han decidido casarse sin previo aviso para sorpresa y gusto de todos. Aquí en España se queda la hermosa Marita, entre su gente, entre nosotros y con nosotros>>.

 

No seguí leyendo más, por un momento creí que me ahogaba en un vaso de sangre. Mi hermosa Marita casada con otro, pero si ya llevamos casados casi medio año, la gitana no me soltaba las cuerdas para poder expresarme con claridad y yo no hacía sino llorar. A la mañana siguiente, cuando la dama entró y me soltó, empecé a berrear y dar voces, me hubiera gustado matarla, si es que hubiera sido capaz. A los diez minutos de estar como loco ,cuando ya me decidí a darle una guantada a la gitana, se presentó otra señora mayor muy bien arreglada, aunque algo maquillada de más, e hizo subir a los dos gitanos que venían vestidos de guardias jurados y sacaron una pistola y una porra, al final pillé un mamporrazo en la espalda con el que me crujieron todas las vértebras y una bala quedó incrustada en la pared de detrás; me tuve que volver a callar, visto estaba que estos no eran los gitanos de cuento de hadas en los que yo había creído hasta entonces. Más bien, parecían los hijos de María de la O, que me trataban como si yo fuera aquel payo que tuvo la culpa de su desamor. Dejé, con todo, hablar a la madame, que era la peor de todos, aunque esta era rubia y clara y nada parecía tener que ver con los gitanos, pero, de todas formas, tenía que saber que había pasado para poder actuar.

--Mi querido caballero, está usted en una casa decente, el que nos dediquemos a la carne no quiere decir nada, un negocio como otro. Aquí vienen muchos clientes que pagan religiosamente y se marchan calladitos y con los pies juntitos, sin osar levantar la voz. No creo que tenga usted ninguna queja de la señorita que ha escogido, pues es toda una dama. Así que va a salir de aquí por su propia voluntad sin decir palabra y va a tomar el avión para New York, aquí tiene el billete y todo lo que necesita. Si es usted hombre listo jamás regresará. En esta cinta tengo grabado como estuvo mi chica hace varios meses por sus tierras americanas, entrevistándose con ustedes, para hacer una película. Si con usted no habló, vio a su subdirector. Tengo también la factura de hotel donde tenía usted una habitación reservada para acostarse con esta dama. Además, está grabado el video en el que se ve a las claras que han estado ustedes holgando toda la noche aquí, en este cuarto, para terminar así. La imagen es deficiente y la mayor parte del tiempo no llega porque es de noche, aunque los sonidos son claros y diáfanos y sí que se ve el altercado que le ha formado usted a mí chica esta mañana, a la que quería pegar. Tenemos que velar por nuestra seguridad. Su esposa de usted me ha mandado la demanda de divorcio para que se la dé y sepa que, a estas alturas y antes de casarse ayer, ya lo tenía concedido. Andan buscándolo a usted para darles las buenas nuevas y usted anda de putas señor. Así qué chitón y derechito a Nueva York, ¿qué se ha creído, qué ustedes los americanos son solos los que hacen las películas y qué a nosotros nos toca tragárnoslas sin rechistar?

Y así, de mala manera terminó el filme de mi amor por tierras de España, que rodé en Cuba por no volvérmelas a ver con los gitanos ni con Marita. Estudié para ello algunas películas españolas del periodo franquista e hice una especie de españolada divertida y amable. que fue todo un éxito en América. Aprender de nuestros errores es quizás el mejor acierto que pueden tener los humanos y así debemos hacer todos, no matarnos a mordiscos y vivir como seres racionales. En cuanto a mi niño. nació en Sevilla y yo esperaba que cuando cumpliera la mayoría de edad, viniera a visitarme a tierras americanas y conociera la verdad y no tuviera en cuenta aquella imagen abyecta que la prensa creó de mí después, por ponerse a buenas con el señor Moreno y con Marita.

En cuanto a su madre vive feliz, bien casada y rica, parece ser, con los años lo supe por su propia boca –de nada me servía estar a malas con ella y que hiciera que mi hijo terminara odiándome--, que hasta la escena del Glamour bajando las escaleras estaba preparada, pues sabía que estábamos buscando una mujer hermosa e inteligente para rodar la película. Parece ser que el señor Moreno estuvo de viaje en Nueva York, y sevillano como era, decidió ir a ver a la estrella que yo había creado y pedirle matrimonio. Mi querida Marita se lo hubo de pensar, porque ya estaba casada conmigo y de esta forma montó el thriller de los gitanos y se divorció sabiamente de mí. Sepan ustedes que no he conseguido todavía saber cómo engañó al juez, ni qué hizo en realidad, porque este jamás osó decir la verdad, al parecer el matrimonio fue nulo, según todos, por un error administrativo, lo que quiere decir que no solo fue el juez quién la ayudó. En fin, la imaginación es libre, piensen ustedes aquello que quieran, que tal vez acertarán. Ella se casó con un hombre bastante rico que le permitía vivir en su propia tierra, querida y respetada, fuera del círculo vicioso de casamientos y separaciones de los actores. Fuera de todos los peligros que corría en Norteamérica. Temiendo mis actos seguramente, no montó aquel cisco en América, sino que espero a estar en España, arropada por todos los suyos, para dirigir la película que les he contado; seguramente también la nulidad llegó en los últimos momentos. No me queda más que decir aquello de ¡Qué la perdone Dios! Yo, por mi parte, no me he vuelto a casar. Todavía escucho en sueños las voces que la madame me daba desde la ventana de El descansito, que así se llamaba la casa de alterne en la que estuve retenido mientras la boda se realizaba:

<< A Nueva York, ¡qué se duerme mejor!>>.

Y así se suele mirar,

con las lentes del amor,

que se ve lo que no está,

pero nunca la verdad.

 

La autora,

 

María Ángeles Rodríguez

 

  

(1) Para estas tres líneas en las que relato el argumento de la película que el protagonista viene a rodar en España, me he inspirado o mejor basado en una novela que recientemente he leído de Dennis Lehane titulada Vivir la noche. También he tomado el nombre de la protagonista (Marita) de uno de los personajes secundarios de otra novela de este autor y guionista norteamericano.

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