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RELATOS

MARITA

 foto rita Haywort para relato marita web

MARITA

 

La vi por primera vez en una cafetería de Sevilla llamada Glamour. Era una mujer esbelta, de ojos grandes, brillantes y oscuros, que miraban y mataban como en los poemas de amor de algún sabio de la pluma leídos en mi adolescencia. Tenía un pelo largo, ensortijado y rojizo, que se extendía y movía sobre sus hombros. Pensaba yo al mirarlo en otros tiempos, en que los pelirrojos eran acusados de brujos, pero sin duda esta chica apenas hubiese llegado a ser sospechosa, pues la belleza suele abrir y enternecer los corazones, aunque los juzgadores sean Torquemadas. Poseía una nariz recta y una boca rosada de labios alargados, con una curva insinuante y provocativa en el labio superior. Acostumbraba a sonreír a todo el mundo de manera casi mecánica, dejando traslucir un encanto que para mí no tenía límites. Era invierno entonces e iba cubierta por un vestido de noche color plata, que solo dejaba ver un lindo pie embutido en un zapato de tacón de charol rojo. Llevaba la chaqueta en una mano, también de color plata brillante, llena de adornos y abalorios que tintineaban como estrellas en la noche. La llevaba apoyada sobre su hombro y a cada paso que daba giraban de manera armónica la chaqueta y sus caderas. Estuve seguro, mientras la contemplaba bajar, que me encontraba en aquel momento en algún paraíso repleto de glamur y lujuria y que mis ojos soñadores no volverían a ver jamás aquel espectáculo único, que solo la grandeza de Dios o de la naturaleza nos puede ofrecer.

   Me encontraba allí aquella noche descansando, después de realizar un sinfín de castings para escoger las estrellas de mi nueva película. La verdad es que encontré un chico majísimo con la cara de James Dean, para hacer de mafioso afortunado, pero estaba aún por decidirme sobre quién sería su partenaire. Al ver aquella diva latina ante mis ojos, supe que me tenía que arriesgar a acercarme y a conocerla, a contarle la hermosura del arte del cine y a pedirle que fuera mi estrella particular. A pesar de la seguridad con la que me movía por el mundo, sentí tambaleárseme las piernas mientras le ofrecía fuego para el largo y delgado cigarrillo con boquilla, que se había puesto en la comisura de sus labios. Con todo, me armé de valor y la invité a una copa, que tras vacilar un momento, aceptó. Noté una oleada de perfume demasiado embriagador, que no me dejaba percibir su aroma natural. Estuvimos hablando un rato y le conté toda la historia de la película que había venido a rodar a estas tierras de sur, para mí siempre llenas de alegría y misterio. Me escuchó un tanto perpleja como si le estuviera contando una historia de extraterrestres, en fin, parecía que a todas luces no me creía. Le hice reparar en parte de mi equipo que estaba por el enorme pub diseminado y en los utensilios que estos traían: cámaras de última generación, pantallas, focos, y mientras poco a poco se fijaba en ellos y los oía hablar en inglés descuidado, se iba dando cuenta cada vez más que le contaba la verdad. Apoyé mis palabras con distintos panfletos, que le hice traer a mi ayudante y con un sinfín de fotos de hermosas muchachas, que habíamos tomado. Cada vez parecía más interesada, y al final me dejó su tarjeta para que la llamara. Al parecer era estudiante de Historia del Arte, una estudiante acomodada, ya que podía permitirse en un país como España estudiar cosas con poco futuro laboral. Se atrevió a preguntarme como era que yo hablaba perfectamente el español, más aún, el andaluz y le conté algo de mi historia familiar. Mi madre era de aquí del sur, por lo que mi lengua materna había sido el español. Yo amaba España, y para mí estar aquí era como volver a encontrarme con mis orígenes. De hecho, quedaban aún familiares de mi madre distribuidos por Sevilla y Almería. Primos lejanos, pero al fin y al cabo de mi misma sangre.

Por la noche, repasando aquellas escenas en el diván del apartamento, me pregunté por un momento si no sería mejor, antes que ofrecerle el puesto de actriz pedirle matrimonio, pues el dios Cupido, siempre pendiente de los descuidos de los mortales, había actuado con sus flechas doradas sobre mi afligido corazón, que había pasado ya por dos divorcios y se había hecho la promesa del nunca jamás. Con todo, sentía en aquellos momentos y en realidad era cierto, que me había hecho siempre acompañar de mujeres hermosas de las que no estuve enamorado jamás. En cambio, ahora sentía latir agitado mi corazón, como si quisiera por momentos escapar de la caja torácica en la que se encontraba y que hasta ese mismo instante había sido regulada solo por mi cerebro. Decía mi madre siempre que el amor era una especie de locura, que solía atacar a los jóvenes y tener consecuencias nefastas en su vida. Pero yo tenía ya cuarenta años, no era un jovencito sin cabeza, que nunca lo fui. Aun así, quizás mi mente buscaba también el amor verdadero, ese que perdura más allá en el tiempo y atraviesa la laguna Estigia en la barca de Caronte. Una española, igual que mi madre, más hermosa, si es que cabe algo más bello que una madre. Con ese cuerpo descomunal y esa mirada ingenua, que solo se tiene a los veinte años. En fin, repasando más y más las cosas me di cuenta de que estaba actuando como un bruto machista, tenía sin duda derecho a ser la estrella del filme, si así lo deseaba. No me terminaba de ver a mí mismo con buenos ojos cuando pensaba en las mujeres como una posesión personal. Todos tenemos derecho a elegir y lo mejor siempre es que esta elección sea libre. De esta forma, al día siguiente, la telefoneé para tomar café. Me dijo que andaba por la universidad, pero que a eso de las seis podíamos quedar de nuevo en el Glamour. Si era tarde para el café, podríamos tomar una copa, aunque lo cierto es que Marita, como la llamaban sus amigos, ni siquiera bebía alcohol.

Llegó un poco tarde al Glamour, eran alrededor de las seis y media y se disculpó por su falta de puntualidad. Andaba fotocopiando ciertos apuntes, y había varias personas en la fotocopiadora, por lo que tuvo que esperar. Su ropa era entonces informal, aunque no falta de elegancia. Llevaba unos simples vaqueros, pero la camisa que pude contemplar una vez que se quitó la cazadora de cuero, era exquisita, llena de ramos delicados color corinto, con un fondo crudo, uniforme y apastelado. Llevaba también unos preciosos pendientes rojos de coral, que le favorecían mucho y dejaban descubrir la largura de un cuello blanco de cisne. Como con el cisne de un poema de Rubén, una pregunta caía sobre mi cerebro, ¿Cómo había tenido la suerte, casi nada más llegar, de encontrar una mujer cómo aquella?

Finalmente, tras hacernos amigos y someterla a un sinfín de pruebas, me decidí por Marita. Además de hermosa tenía una memoria excelente, que seguramente se había desarrollado más con los años y su afición a estudiar Historia. Hablaba perfectamente el inglés, pues desde los tres años había recibido clases con una nativa. Los veranos solía pasar un mes en Londres practicando, de forma que posiblemente no necesitaría ni doblarla. Así las cosas, nos decidimos a rodar, quería hacerlo en Sevilla, pero finalmente nos fuimos a Almería, ya que nos pareció que convidaba más a pensar en un país sudamericano, en el que el guionista había situado parte de su historia. La segunda parte de la película la rodaríamos en Estados Unidos. El protagonista era un traficante de alcohol en los tiempos de la ley seca y Marita su mujer fatal. El chico, que al final terminó siendo rico y viviendo en Norteamérica, pasó unos años en el trullo por culpa de la hermosa Marita. Era una historia que estaba llena de múltiples aventuras y al final, nuestro James, acaba encontrando la felicidad y terminaba retirándose del negocio que lo había hecho rico, antes de morir a manos de sus contrincantes. Pues todos ansiaban lo mismo, el monopolio de la venta de alcohol clandestino, y los tiros y los navajazos rodaban por doquier. (1)

En cuanto a Marita y a mí, yo le pedí matrimonio y ella aceptó. La película fue todo un éxito. Marita era acosada por la prensa norteamericana a cada paso que daba. Con un solo filme había atrapado el corazón del espectador y ciertamente no había más que mirarla para enamorarse. Muchas veces sentía grandes celos de su popularidad, parecía como si los fans me la intentaran arrebatar, pero como yo siempre he sido un hombre civilizado, sabía contenerme e intentar que ella no lo notara, pues sin duda de no ser así, vería claramente mi inferioridad y tal vez perderíamos para siempre el amor y la relación tan amigable que teníamos el uno con el otro. Tengo que decir también que en ninguna relación de las que había tenido hasta ahora, había habido tanta pasión y placer.

Nos faltaban tres días para volver a España y casarnos, habíamos vivido algo más de un año en Nueva York y necesitábamos unas pequeñas vacaciones para reponernos de los paparachis y del estrés de rodar en un tiempo récord y qué mejor lugar que las playas de Almería para descansar. Teníamos a todos expectantes esperándonos en Sevilla, aunque yo no dejaba de notar cierta reticencia en la madre de Marita, pues la separación que suponía vivir en otro continente, no le terminaba de convencer. Para ella, los artistas éramos todos gente disoluta, que no lográbamos establecernos con normalidad. Siempre de un lado para otro, le solía oír decir que no eran estas las condiciones más idóneas para formar una familia y que tarde o temprano el divorcio llegaría y que los hijos quedarían a merced de la suerte y la inestabilidad. Finalmente, la buena señora cedió viendo tan enamorada a Marita, y contemplándola a través de la gran pantalla. Ciertamente su niña, me decía: <<era toda una estrella>>.

Esto que voy a decir ahora, aunque tal vez sea una opinión infundada, es la mía. Los católicos son tremendos para las bodas, no se conforman con firmar un simple papel. Es necesario adornar la iglesia, formar un enorme banquete, comprarse unos vestidos de cine, realizar un cursillo previo… Hay que decir también a favor de ellos, que el cura se conformó con una simple semana. Menos más, pues no me las prometía yo tan mollares con el susodicho.

   La influencia de los padres de Marita hizo que la boda se celebrara finalmente en la Catedral de Sevilla, parece ser que al ser yo director de cine americano, no quiso el señor obispo sino darnos los parabienes por todo lo alto. El mismo obispo, amigo del padre de Marita, se dispuso a oficiar la boda. Pasé por todos estos preparativos, aunque preguntándome a cada paso como es que la unión de dos amantes era una cosa tan pomposa, con paciencia y aunque yo, que no era como mis padres en eso, no tenía ningún credo, lo cierto es que andaba muy enamorado de la que sería mi mujer y por no contrariarla pensé seguir y callar, aunque las mujeres, una vez se ponen los pantalones, esta era la opinión de mi tío Patronio, no se los solían quitar así como así.

Y por fin llegó el ansiado día, con un tiempo estupendo primaveral, las nubes que había al amanecer se habían disipado del todo, confirmando aquello de que la lluvia en Sevilla es una pura maravilla, pues hacía un sol espléndido de agosto, y el agua que prometían los meteorólogos no hizo en todo el día acto de presencia. Por una serie de acontecimientos, que no viene al caso relatar, relacionados con mi nueva película, de la que no iba a ser estrella Marita, --pues, nosotros, aunque aún no se notara, esperábamos un bebé y ya estábamos casados en Norteamérica, aunque esto no lo sabía nadie de la familia de Marita, a los que no les dijimos ni una cosa ni la otra, para que no dejaran de vernos como buenos cristianos--, decidimos ir a la iglesia por separado y juntarnos allí. Hay que decir que yo debía llegar una media hora antes y estar esperando para que mi linda novia no se lo tomara a mal y accediera a dar el sí quiero sin protestar. Con la venda en los ojos del amor, esa que no deja ver ni un rayo de realidad, salí muy compuesto desde un hotel a las afueras de Sevilla, donde me encontraba localizando exteriores. El coche que me lo habían enviado a la puerta era un Rolls Royce negro brillante y recién pintado. Lo conducía un tipo moreno de piel y de ojos, de unos treinta y seis años, con una melena negra lisa. Me complació mucho verlo, porque pensé que estaba ante un típico gitano, etnia esta muy particular, que yo solo había visto hasta entonces en fotos, cuadros y películas y sentía por ellos mucha admiración, aunque jamás traté con ninguno. Me senté detrás y me puse el cinturón. A medio camino recogimos a otros dos supuestos gitanos, familia del chófer, elegantemente vestidos, que querían asistir a la boda y yo no quise quitarles el gusto. La verdad, para ellos era esto todo un acontecimiento y querían ver con sus propios ojos la catedral arreglada y a la hermosa Marita vestida de blanco; no hacían sino felicitarme por tan buena elección y besarme la cabeza diciéndome la fortuna que había tenido con la señorita. Entre unas cosas y otras no me daba cuenta de que nos dirigíamos hacia otro lugar. Cuando ya empecé a preguntarme si no tardábamos mucho en llegar, el coche salió de la autovía y se metió por un carril de tierra. Uno de los gitanos apretó un revólver sobre mis costillas y el otro jugueteaba en su mano con una navaja. Los cristales del coche eran ahumados, así que si entrábamos donde había gente nadie nos podía ver. Llegamos por fin a un gran cortijo de lujo, que poseía una puerta de garaje automática. Una vez dentro, me trasladaron maniatado y desnudo a un dormitorio que se encontraba en la parte de arriba de la vivienda. Nadie nos vio, pues subimos por un ascensor que comunicaba el garaje con el tercer piso y el ascensor no paró en ningún otro lugar para recoger a persona alguna. Allí, asegurados los gitanos de que no me podía mover de la cama, salieron y cerraron la puerta con llave. Me encontraba amordazado y no podía gritar. Estaba seguramente en lo cierto pensando que me habían secuestrado por ser americano para pedir un rescate; tenía así la esperanza de que no me matarían hasta que lo cobraran. Pero ¡ay!, ¡la hermosa Marita sola en esa iglesia tan grande!, no cesaba de decirme a mí mismo que me pediría el divorcio por no haber asistido a la boda, bien que hacía más de cinco meses que ya estábamos casados, pero esta afrenta ante su familia no la olvidaría jamás. Haciendo memoria e intentando visualizar el principio de esta aventura terminé recordando que había otro Rolls Royce más abajo que acababa de llegar cuando yo subí a este. No me fijé en la matricula, ni en si iba adornado o no. Como la familia de Marita ya había tenido meses para ir anunciando la boda, estos gitanos se debieron de enterar y en fin, preguntando, preguntando… me encontraron. Y allí estaba yo en esa cama atado y amordazado con sogas enormes, maromas que decía mi madre, sin poderme despegar. Un rato después se abrió la puerta y entró una mujer morena de luna, que a mí también se me antojó que era gitana y me dijo:

--¿Cómo estás guapo? Hoy te voy a complacer como a ti te gusta.

Le expliqué por señas que me soltara. La mire con gran admiración para ver si me dejaba libre, como si nunca en mi vida hubiera visto nada semejante, y es que de verdad que jamás me había visto en otra como la de marras. La mujer me acarició el pelo con cierta ironía y cierta guasa y empezó poco a poco un estriptis en el que se quedó desnuda igual que yo. Se acostó a mi lado me besó y me abrazó y me hizo el amor, aunque yo me hallaba completamente inmóvil. Pasamos de esta guisa hasta la mañana siguiente yo intentando soltarme y ella que no quería cooperar en esto. Las sogas, que me habían puesto los gitanos, no las podía yo solo quitar de ninguna manera y lo único que terminaba oyéndose era el ruido mecánico de los muelles de una antigua colchoneta y a mí jadeando, intentando despegarme.

A la mañana siguiente, a eso de las diez, la gitana salió y a los veinte minutos regresó:

--Mira cariño vamos a pasar aquí la luna de miel, mañana a primera hora te soltaré. Hay alguien que ha pagado el rescate por ti. Te quitaré las sogas con una navaja, si es que puedo y habrá un taxi esperándote para coger tu solito el avión a Nueva York, no se te vaya a ocurrir pasar por casa de Marita, porque irán mis hermanos a por ti. Aquí tienes la comida, para que veas que no somos tan malos. Mañana te la podrás comer y beberte esta botella de vino que sabe a Sevilla y a mi huerto, querido. Ahora, lees el periódico que te lo dejo abierto por el especial de ayer:

<<Esta mañana a las doce ha tenido lugar el enlace matrimonial entre la actriz Marita, protagonista de la película Vivir para contarla y el señor Moreno, candidato a alcalde en las listas de Sevilla en las próximas elecciones; abogado, rico, joven y hermoso, como la inolvidable Marita. El acontecimiento que ha tenido pendiente a toda la prensa ha sido toda una sorpresa, pues se creía que Marita iba a contraer matrimonio con el director de la película. Parece ser que temiendo algún altercado por parte de grupos terroristas o de los de ideas contrarias al credo que procesa Moreno, fachas todos, han decidido casarse sin previo aviso para sorpresa y gusto de todos. Aquí en España se queda la hermosa Marita, entre su gente, entre nosotros y con nosotros>>.

 

No seguí leyendo más, por un momento creí que me ahogaba en un vaso de sangre. Mi hermosa Marita casada con otro, pero si ya llevamos casados casi medio año, la gitana no me soltaba las cuerdas para poder expresarme con claridad y yo no hacía sino llorar. A la mañana siguiente, cuando la dama entró y me soltó, empecé a berrear y dar voces, me hubiera gustado matarla, si es que hubiera sido capaz. A los diez minutos de estar como loco ,cuando ya me decidí a darle una guantada a la gitana, se presentó otra señora mayor muy bien arreglada, aunque algo maquillada de más, e hizo subir a los dos gitanos que venían vestidos de guardias jurados y sacaron una pistola y una porra, al final pillé un mamporrazo en la espalda con el que me crujieron todas las vértebras y una bala quedó incrustada en la pared de detrás; me tuve que volver a callar, visto estaba que estos no eran los gitanos de cuento de hadas en los que yo había creído hasta entonces. Más bien, parecían los hijos de María de la O, que me trataban como si yo fuera aquel payo que tuvo la culpa de su desamor. Dejé, con todo, hablar a la madame, que era la peor de todos, aunque esta era rubia y clara y nada parecía tener que ver con los gitanos, pero, de todas formas, tenía que saber que había pasado para poder actuar.

--Mi querido caballero, está usted en una casa decente, el que nos dediquemos a la carne no quiere decir nada, un negocio como otro. Aquí vienen muchos clientes que pagan religiosamente y se marchan calladitos y con los pies juntitos, sin osar levantar la voz. No creo que tenga usted ninguna queja de la señorita que ha escogido, pues es toda una dama. Así que va a salir de aquí por su propia voluntad sin decir palabra y va a tomar el avión para New York, aquí tiene el billete y todo lo que necesita. Si es usted hombre listo jamás regresará. En esta cinta tengo grabado como estuvo mi chica hace varios meses por sus tierras americanas, entrevistándose con ustedes, para hacer una película. Si con usted no habló, vio a su subdirector. Tengo también la factura de hotel donde tenía usted una habitación reservada para acostarse con esta dama. Además, está grabado el video en el que se ve a las claras que han estado ustedes holgando toda la noche aquí, en este cuarto, para terminar así. La imagen es deficiente y la mayor parte del tiempo no llega porque es de noche, aunque los sonidos son claros y diáfanos y sí que se ve el altercado que le ha formado usted a mí chica esta mañana, a la que quería pegar. Tenemos que velar por nuestra seguridad. Su esposa de usted me ha mandado la demanda de divorcio para que se la dé y sepa que, a estas alturas y antes de casarse ayer, ya lo tenía concedido. Andan buscándolo a usted para darles las buenas nuevas y usted anda de putas señor. Así qué chitón y derechito a Nueva York, ¿qué se ha creído, qué ustedes los americanos son solos los que hacen las películas y qué a nosotros nos toca tragárnoslas sin rechistar?

Y así, de mala manera terminó el filme de mi amor por tierras de España, que rodé en Cuba por no volvérmelas a ver con los gitanos ni con Marita. Estudié para ello algunas películas españolas del periodo franquista e hice una especie de españolada divertida y amable. que fue todo un éxito en América. Aprender de nuestros errores es quizás el mejor acierto que pueden tener los humanos y así debemos hacer todos, no matarnos a mordiscos y vivir como seres racionales. En cuanto a mi niño. nació en Sevilla y yo esperaba que cuando cumpliera la mayoría de edad, viniera a visitarme a tierras americanas y conociera la verdad y no tuviera en cuenta aquella imagen abyecta que la prensa creó de mí después, por ponerse a buenas con el señor Moreno y con Marita.

En cuanto a su madre vive feliz, bien casada y rica, parece ser, con los años lo supe por su propia boca –de nada me servía estar a malas con ella y que hiciera que mi hijo terminara odiándome--, que hasta la escena del Glamour bajando las escaleras estaba preparada, pues sabía que estábamos buscando una mujer hermosa e inteligente para rodar la película. Parece ser que el señor Moreno estuvo de viaje en Nueva York, y sevillano como era, decidió ir a ver a la estrella que yo había creado y pedirle matrimonio. Mi querida Marita se lo hubo de pensar, porque ya estaba casada conmigo y de esta forma montó el thriller de los gitanos y se divorció sabiamente de mí. Sepan ustedes que no he conseguido todavía saber cómo engañó al juez, ni qué hizo en realidad, porque este jamás osó decir la verdad, al parecer el matrimonio fue nulo, según todos, por un error administrativo, lo que quiere decir que no solo fue el juez quién la ayudó. En fin, la imaginación es libre, piensen ustedes aquello que quieran, que tal vez acertarán. Ella se casó con un hombre bastante rico que le permitía vivir en su propia tierra, querida y respetada, fuera del círculo vicioso de casamientos y separaciones de los actores. Fuera de todos los peligros que corría en Norteamérica. Temiendo mis actos seguramente, no montó aquel cisco en América, sino que espero a estar en España, arropada por todos los suyos, para dirigir la película que les he contado; seguramente también la nulidad llegó en los últimos momentos. No me queda más que decir aquello de ¡Qué la perdone Dios! Yo, por mi parte, no me he vuelto a casar. Todavía escucho en sueños las voces que la madame me daba desde la ventana de El descansito, que así se llamaba la casa de alterne en la que estuve retenido mientras la boda se realizaba:

<< A Nueva York, ¡qué se duerme mejor!>>.

Y así se suele mirar,

con las lentes del amor,

que se ve lo que no está,

pero nunca la verdad.

 

La autora,

 

María Ángeles Rodríguez

 

  

(1) Para estas tres líneas en las que relato el argumento de la película que el protagonista viene a rodar en España, me he inspirado o mejor basado en una novela que recientemente he leído de Dennis Lehane titulada Vivir la noche. También he tomado el nombre de la protagonista (Marita) de uno de los personajes secundarios de otra novela de este autor y guionista norteamericano.

La Condesa Bathory

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LA CONDESA BATHORY:

     La condesa Bathory anidaba en la zona más rocosa e inaccesible de Moldavia. Su castillo presidía toda la región. Sus soldados eran terribles, pocas veces el pueblo a pesar de su extrema pobreza se atrevió a ir contra ellos, la última vez ocurrió allá por el 1480; la hambruna fue extrema, la nieve anegó todas las cosechas. Aquellos humildes campesinos no tenían que dar a la condesa, sin embargo ella se empeñaba en cobrarles a cambio de la defensa de aquel vasto territorio. Con armas rudimentarias, con horcas y pequeños puñales y grandes palos de leña todos aquellos pobres diablos de la región subieron hasta el castillo; llovieron flechas y rocas desde sus almenas doradas. Todos los cabecillas fueron apresados y sus cabezas cortadas en el enorme patio rodeado de torreones y largas y adornadas estancias. Sus rostros presidieron todo el año la fachada principal del castillo. A todos los demás se les asedió con palizas, se violaron las vírgenes que había en sus casas y muchas pequeñas chozas fueron quemadas. El miedo hacia la condesa creció por toda la región.

     Al año siguiente la cosecha fue buena, las nieves acabaron temprano y dejaron crecer el grano en las extensas llanuras casi ocultas entre rocas. La condesa recibió sus diezmos, carne bien engordada llegaba todos los días al castillo, grano de primera calidad, verduras frescas; copiosas cenas se ofrecían dentro de sus muros.

     La condesa Bathory era joven y enérgica, de natural travieso por no decir malo, estaba acostumbrada a los grandes caprichos, a los ricos vestidos bordados, a despreciar a todo género de ser humano que tenía que postrarse ante sus pies y simular gran temor y recato ante su persona. Ninguno de sus caballeros le placía porque la joven condesa era supersticiosa y esperaba aún más de la vida. Vivía con ella en palacio una especie de bruja de la que nunca se separaba y que le preparaba ungüentos con los que diseñar una piel para una juventud eterna. Aquella bruja le predijo la llegada de un caballero, vestido de terciopelo negro, en un caballo blanco. Era un extranjero, posiblemente español.

   La condesa Bathory tenía conocimiento del mundo por los exploradores de su país, que estaban todos obligados a contarles sus increíbles aventuras más allá de Moldavia; con uno de estos exploradores que traía noticias de España llegó Ruy López, vestido de íntegro negro, con puntillas blancas en el cuello y las mangas. Su pequeña melena castaña, su barba lampiña y los ojos de soñador. Montaba un caballo árabe, que había sabido arrebatar al propio Boabdil, mientras vigilaba el último reducto árabe de Al-Andalus, que pronto llegaría a pertenecer a la Corona de Castilla. Tuvo el error de apoyar y ponerse al lado de Juana la Beltraneja en las luchas intestinas de la Corona, y aunque esto no se sabía, la reina Isabel, excesivamente sagaz, lo descubrió por casualidad. Ruy López pudo escapar con aquel explorador del reino de Castilla y se arriesgó a llegar con él hasta el castillo de la condesa Bathory, que estuvo encantada de escuchar todas aquellas noticias de España sabiamente traducidas por el explorador. Reparó pronto la condesa en el porte altivo de Ruy López, en su sobria elegancia castellana, en aquel caballo blanco y elegante tan bien domado, que hacía toda clase de cabriolas en el patio de armas. Pronto preguntó a la hechicera si aquel caballero español podría ser su futuro esposo, a lo que la hechicera, después de indagar con sus magias, le respondió afirmativamente. La condesa Bathory pidió a Ruy López se quedara en su pequeño castillo y fuera co-capitán de su pequeño ejército. Ruy López, que desconocía la inclinación de la condesa hacía la maldad se prestó encantado. Un futuro mucho peor le esperaba en su imaginación que este que se le ofrecía en bandeja, y del reino de Castilla pasó a defender una parte importante de este reino de Moldavia.

     La vida de Ruy López ciertamente era allí regalada, los campesinos que estaban de antemano atemorizados ante la todopoderosa condesa causaban pocos problemas y solían cumplir puntualmente con sus diezmos. La caza era su deporte favorito, y en una región en la que imperaban los bosques y los lugares de difícil acceso ésta era rica y abundante. Todos los martes salía con sus hombres y venían de nuevo al castillo cargados de venados, de perdices, de pequeñas y sabrosas codornices… En uno de estos martes aciagos le sorprendió la tormenta cuando andaba solo persiguiendo a un hermoso ciervo; por suerte encontró a su paso una pequeña cabaña en el extremo del bosque, en el que diestramente el ciervo se internó. Llamó a su puerta para resguardarse de la lluvia que arreciaba y una joven asustada le abrió; se trataba de Mary, una tierna campesina de diecisiete años que había vivido hasta entonces con su abuela que por desgracia acababa, hacía apenas una semana, de morir. Ruy López fue cortés y educado con aquella campesina que, una vez supo que se dedicaba al cuidado del reino y que estaba al servicio de la temida condesa, le ofreció cobijo y comida caliente. Así Ruy López se tropezó con el verdadero amor de su vida, una chica sencilla y hermosa que pasaba el día al cuidado de sus animales e hilando seda para poder mantenerse. Pronto Ruy López le brindó su protección, y largas jornadas en las que se suponía se encontraba de caza las pasó con la muchacha. El amor fue creciendo entre ambos sin cortapisa ninguna. Nada sabía la pequeña aldeana ni el mismo Ruy López de las verdaderas intenciones de la condesa, que pretendía, una vez lo suficientemente adiestrado en la defensa de su territorio, casarse con él. 

  La maga de palacio previno a la condesa sobre el peligro de una joven virgen que leía en las manos y que había embaucado a Ruy López; tenía noticia de esto por uno de los hombres de palacio que le acompañaba en sus cacerías y con el que estaba amancebado. Le prometió a la condesa atrapar a la joven y traerla hasta su presencia y así cumplió su promesa. Su amante la trajo de secreto, atada y oculta en un carruaje. La condesa Bathory pudo ver así frente a frente a su verdadera contrincante. Nada acompañaban a la belleza de la joven sus toscos sayales, pero era ciertamente tierna y hermosa y no tenía maldad ninguna. Atemorizada, Mary se postró ante la condesa pidiéndole que la dejara libre; pobre era en realidad y no tenía ningún bien que ofrecer a su juicio a su señora. En caso de que necesitara de sus servicios estaba dispuesta a servirla. La condesa Bathory dejó caer el nombre de Ruy López en su conversación y le preguntó a la campesina qué había de cierto en las noticias que le habían llegado de estos amores. Mary no sabía a ciencia cierta que responder y optó por decirle la verdad y contarle desde el principio la historia. ¡Cómo le dejó las puertas abiertas de su casa al saber que estaba al servicio de su señora y cómo él por gratitud le ofreció su protección! A nada más había llegado esta historia que alguna que otra charla risueña en el campo. Mary juró a la duquesa no volver a recibir a Ruy López si su voluntad era contraria a estas inocentes visitas…

    La condesa que conocía por su hechicera la facultad de la joven virgen para indagar en el destino humano le ofreció a Mary su mano derecha y la muchacha muerta de temor vio en ella su propia muerte y la condena que sufriría la condesa. No supo que decirle y sólo le dijo:

   -- Perdona condesa mi falta de conocimientos en esto de la quiromancia, mi abuela me enseñó pobremente a leer el destino de los hombres, ella murió, y yo no aprendí lo suficiente. Sólo veo escrito en tu mano una frase: “La sangre de una virgen ungirá tu nombre”, debes en mi opinión saber perdonar y escapar a todo intento de maldad.

    --Eres lista- respondió la condesa- sin duda temes por tu vida y pretendes salvarla. Esta noche dormirás en mi palacio, mañana temprano serás conducida de nuevo a tu casa. No debes tener miedo de mí. ¿Por cierto, crees que si bebo la sangre de una joven e inocente virgen, como dice mi maga, conseguiré la eterna juventud?

    -- Desconozco las artes de tu hechicera, sólo te digo que si es que mi humilde opinión te sirve de algo nunca debes enfrentarte con las leyes de Dios. Si vences la maldad sin duda serás recompensada.

    No preguntó nada más la duquesa e hizo conducir a la joven a una de sus mejores estancias y le hizo servir una rica cena que Mary no comió. Durmió o mejor dicho veló allí la chica la noche entera que presentía su propia muerte al día siguiente, pues creía saber que aquella virgen sacrificada por la condesa era ella misma. Se resignó a su destino miserable y pidió a Dios por el consuelo de su alma.

     A la mañana siguiente, a eso de las siete dos hombres golpearon en la puerta de su estancia y la hicieron salir, ataron sus manos y la condujeron hasta su casa. En el enorme pino que daba sombra a la cabaña la hicieron colgar y allí mismo la dejaron morir. Fue desangrada; su sangre la bebió casi toda la condesa Bathory.

    Cuando Ruy López se enteró de la desgraciada noticia ya fue tarde. Acudió con sus hombres hasta la cabaña de Mary y la encontró colgada en la misma posición en que muriera, sin duda la condesa había querido darle una lección de su poder.

    Hizo bajar a la muchacha y en las mismas faldas del pino, donde había sido colgada, la enterró en una fosa que el mismo cavó. Mandó cortar dos leños parejos en forma de cruz y clavarlos sobre su tumba. Después de esta lección Ruy no dijo nada a la condesa, pero huyó conducido de nuevo por los exploradores a la primera oportunidad, pues se dio cuenta del verdadero rostro de su anfitriona y decidió no prestar su servicio a una mujer tan cruel. Recordó desde otro país a Mary y la condesa nunca pudo llegar a encontrarlo pese a que hizo a sus hombres buscar por todo el territorio y también a los exploradores se les encomendó que si se lo volvían a encarar lo llevaran a su presencia, bajo pena de ser castigados si incumplían su orden. Aquel explorador que partió con Ruy López nunca se atrevió a regresar ante su presencia y juntos emprendieron el camino de la aventura y la supervivencia.

   Se dice que pasaron los años y ni la condesa, ni su hechicera envejecieron, muchos fueron los que llegaron hasta el castillo a descubrir el misterio, jamás se les dejó entrar. Con el tiempo hubieron de partir de aquel castillo que el resto del mundo creía encantado y su vida fue un peregrinaje constante por la tierra, escondiéndose del asombro de las gentes que a cualquier precio quería conseguir aquel elixir de la eterna juventud. La hermosa condesa recordó en muchas ocasiones la bondad de Ruy López, al que nunca, para su desgracia, le encontró sustituto. Vivió y murió… si es que llegó a morir porque muchos suponen que perduró como el mismo diablo que era en tierra extraña, desgraciada, sin bienes y sin amor. Nada consiguió con su maldad sino hollar en su eterna condena y desgracia.

María Ángeles Rodríguez, relato extraído de Juegos de Realidad y Ficción II.

Natalia de Fer

Imagen Venus Boticelli Para El Relato Natalia Le Fer Borde Amarillo. Pagina Web

NATALIA DE FER:

   Me encuentro instalado aquí desde hace más de quinientos años, llevo toda la vida en estas cavernas profundas ,alejadas de los hombres, rodeado de estantes ocupados por los libros de registro. En cada uno de ellos montones de seres tienen los momentos más importantes de su vida registrados: la fecha de su muerte, la de su nacimiento, cada una de las pruebas importantes por las que ha de transcurrir su vida corriente y anodina; ninguno de ellos tiene conciencia de nada de lo que aquí se guarda. Puedo recorrer sus pasos  entre estas hojas que yo mismo he escrito por mandato de la providencia  y saber el destino que a cada uno le está deparado. Ellos, en cambio,  todos viven ajenos a un porvenir medido y pesado.

   Cada vez que un alma nueva llega a nosotros yo debo permitir otro  nacimiento, aprieto con todas mis fuerzas la vieja y destartalada palanca de hierro, cada día más reacia  a causa de la herrumbre y mis escasas fuerzas, una gran llama se enciende y asoma hacía el exterior ¡Es la señal!; una vieja ánima ocupará un nuevo cuerpo.

Hoy, 1 de enero del 1650,   ha venido al mundo  Rodolfo Schut, esta misma noche recogeremos de nuevo su alma. Ésta es la historia de Schut:

   De madre alemana y padre español, será un gran pintor aunque vivirá sin  gloria mayor, muchos cuadros saldrán de su pincel, dará también su parte a Dios, pues ha de pintar en Sevilla las vírgenes más bellas, las que inspiran mayor devoción. No utilizara modelos para sus pinturas pues un único modelo los contiene a todos. Cada uno de sus lienzos, de sus frescos tendrá un sólo rastro de una mujer única que pasó por su vida, Natalia de Fer. Rodolfo Schut recuerda en su mente cada una de sus rasgos: sus ojos rasgados y verdes , desconocidos  como un inmenso abismo , su pelo entre rubio y castaño claro ,repleto de bucles , su piel irisada, sus labios rosados y húmedos, su cintura pequeña, su complexión perfecta, menuda y ágil.

   Natalia de Fer era hija de un conocido banquero, la Sevilla de 1650 contaba con muchos de ellos; la actividad comercial más intensa  que en lustros pasados los había hecho necesarios. Entre la marginalidad y las continuas calamidades, provocadas por las inclemencias del tiempo y la peste, que la Iglesia siempre interpretaba como castigo de Dios ante una vida de pecado, sobresalían unos cuantos opulentos. Para muchos de ellos y para el clero, que tenía aún cierto poder absoluto sobre los hombres, había pintado Rodolfo Schut muchas de sus obras.

   Rodolfo Schut pasará a la historia como uno de los seguidores anónimos de Zurbarán, nadie lo conocerá con exactitud hasta el 2100,  imitara sus figuras perfectamente recortadas sobre oscuros fondos, sin embargo, en los libros de pintura será solo uno más entre los muchos de esta Sevilla ya de entonces, hasta que un coleccionista descubra uno de sus cuadros, el mejor, una Virgen desnuda, rodeada de ángeles y que se corresponde al completo con Natalia de Fer !Ah los mortales!, tardan siglos en reconocer el verdadero talento, más tarde han de aparecer cuadros suyos extendidos por coleccionistas privados de Europa y América; los siglos que han de venir lo convertirán en un magnífico pintor.

   Natalia de Fer pasará  ignorada, como un cuadro que nunca se pintó, pero, diseminada en cada uno de sus lienzos y sus frescos, su espíritu cobra vida propia cuando es contemplada y admirada en su perfección. Así ocurrió esta historia que duró sesenta y dos años para los hombres y que para nosotros ni siquiera ocupa un día. Ya está prácticamente cumplida.

   Natalia de Fer marchó hasta Italia, se había desposado con un banquero genovés, cuando el banquero la vio por primera vez quedó prendado de la muchacha y con ella consiguió partir  hacia su tierra natal. Rodolfo Schut la había conocido mientras hacía el retrato de su padre, muy pocas palabras se habían cruzado entre ellos, las suficientes para engendrar un loco amor. Dos deseos pidió Rodolfo Schut a Dios, uno era alcanzar la gloria, y fue  conocido en su tiempo, con el paso de los años montó  un obrador propio  desde el que se enseñaba a los aprendices a la vez que se componían cuadros que eran vendidos no sólo en Sevilla sino a mucha de la gente que pasaba por allí; destinados a América fueron una serie de doce arcángeles y doce Césares que Rodolfo Schut nunca consiguió cobrar.

   Muchos eran los edificios que pertenecían a la Iglesia por entonces en Sevilla, para muchas parroquias y hospitales compuso bellas composiciones, retratos de la Inmaculada Concepción, misterio en el que estaban enfrentados dominicos y franciscanos, santos que engendraban  la devoción en la urbe como San Isidoro, San Roque, Santa Justa y Santa Rufina. No obstante, tuvo algún que otro altercado con los padres de la Iglesia, Schut no se conformó nunca con la moral imperante, sus propios orígenes tiraban de él y así, muchas mañanas, llegaba medio ebrio a su obrador. Le gustaba llevar una vida licenciosa y cuando podía permitírselo lo hacía. En más de una ocasión vio como los frailes encargaban a otros cuadros que estaban destinados a su paleta y a su pincel; no se fiaban en exceso ni de sus antepasados, ni de su fe.

   Muchas mujeres pasaron por su vida, se casó y tuvo un hijo con una sevillana, Héctor, que partió a probar fortuna hacía el Nuevo Mundo, pero no fue feliz y continuamente se daba con mujeres de mala vida. Su esposa sabía que no tenía nada que hacer con él, desde el primer día fue serio con ella, algo percibía en sus modales que le daban a entender que no la quería, pero que podía hacer una pobre mujer sola en aquella época sino casarse y engendrar para subsistir. De todas formas no la trataba mal, pero para él sólo había una mujer, una que nunca estuvo a su alcance: Natalia de Fer. Ésta fue su segunda petición a Dios, el amor de Natalia de Fer. Pensaba que quizás desde allí, desde Italia, aquella mujer tampoco era bienaventurada y creía una fatalidad del destino la vida que le había tocado llevar lejos de ella; no pensó nunca en volverla a ver aunque lo deseó toda su vida. A los sesenta y dos años: viudo, viejo y sin bienes, sin vida en sus pupilas para poder pintar, nada tenía que hacer  con aquel tormento que le seguía abrasando como el primer día. Nada le quedaba ya de dinero y se dedicaba a la mendicidad, no presentía su muerte tan cercana aunque sólo le faltaban tres semanas para morir.

   Únicamente contaba con un pequeño cuarto donde guarecerse, el resto del día lo pasaba en la calle viviendo de la caridad; muchos clérigos buenos que lo habían conocido en su esplendor le tenían lástima. Aquella semana final la estaba pasando peor que nunca, se sentía desprotegido y unos escalofríos intensos recorrían todo su cuerpo, apenas tenía fuerzas para llegar hasta su estancia, tenía extendido en el suelo un pequeño pañuelo sobre el que recogía las monedas cuando los pícaros, extendidos por toda Sevilla, no se las arrebataban en algún golpe de sueño. Si estos días fueron terribles, el viernes, ya ni siquiera consiguió levantarse de la puerta de la iglesia desde donde pedía para comer. Se quedó casi inconsciente, mareado, y cuando abrió los ojos, a eso de las siete de la tarde, se hallaba en un cuarto enorme recostado sobre una cama recién hecha, apoyado sobre dos grandes cojines de lana, por momentos pensó que había enloquecido. Le trajeron hasta allí la cena: una sopa caliente cocinada con ave y Rodolfo Schut se preguntaba a quien debía agradecerle este detalle.

   Una dama se aproximaba  hasta su cama y le hablaba cariñosamente, él ni siquiera podía verla. A la dama le gustó el medallón que llevaba en su pecho, era una foto de Natalia de Fer que el mismo había pintado, el anciano se resistía a abrirlo y mostrarlo pero agradecido y aturdido por el peso de su pasión secreta le contó la historia de su vida, pues aún moribundo estaba plenamente consciente y pidió a la dama que al morir, si es que llegaba a morir, porque la esperanza de volver a encontrar a Natalia lo seguía alimentando, le hicieran un enterramiento digno y le dejaran colgado del cuello este mismo medallón. Una vez que estaba por expirar, la dama, sujetando entre sus manos una de las manos del moribundo desplegó el colgante y vio en él a una hermosa muchacha de dieciséis años, en la otra parte del medallón aparecía la siguiente inscripción:

1666, Natalia de Fer

   Quedó tristemente conmovida al descubrir el retrato de aquella dama, ella misma había sido la joven que el viejo portaba en su medallón, ella era Natalia de Fer. Había enviudado hace unos años y había regresado de nuevo a su tierra natal; no había sido desgraciada del todo en su matrimonio pero nunca se sintió lo amada y protegida que hubiera deseado ser, por eso, cuando cerró los ojos de Schut besó tiernamente sus labios y recorrió en un instante toda su vida anterior; recordó el atractivo enorme de Schut en su juventud, un atractivo del que ya no quedaba apenas nada, si acaso algunos destellos del marrón luciérnaga de sus ojos que parecían saberlo y comprenderlo todo desde la lejanía, y pensó para sí cuanto hubiera cambiado su vida si Marcelo, su marido, la hubiera querido así o si se hubiera llegado a casar con Schut, pero la distancia social entre ambos era todavía un obstáculo prácticamente insalvable en estos tiempos, por eso Schut no osó quizás ir tras de ella. De esta forma el viejo Schut vino a ser amado y comprendido por Natalia De Fer en el mismo instante de su muerte, su alma llega en este instante hasta nosotros, debo anunciar otro nuevo nacimiento del que ya intuyo la mayor parte de sus pormenores.

   El viejo registrador contaba todo esto al nuevo asistente divino que entraba a ayudarle en sus quehaceres, el continuo vivir entre aquellas rocas húmedas habían malogrado su articulaciones, no siempre estaba dispuesto a escribir y registrar. Este joven sin duda le haría la vida más llevadera. Vivía desconociendo que esa misma noche, su muerte, en algún otro libro estaba escrita y que yo era sólo su sucesor.

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