18 Oct 2017
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LA CONDESA BATHORY:

     La condesa Bathory anidaba en la zona más rocosa e inaccesible de Moldavia. Su castillo presidía toda la región. Sus soldados eran terribles, pocas veces el pueblo a pesar de su extrema pobreza se atrevió a ir contra ellos, la última vez ocurrió allá por el 1480; la hambruna fue extrema, la nieve anegó todas las cosechas. Aquellos humildes campesinos no tenían que dar a la condesa, sin embargo ella se empeñaba en cobrarles a cambio de la defensa de aquel vasto territorio. Con armas rudimentarias, con horcas y pequeños puñales y grandes palos de leña todos aquellos pobres diablos de la región subieron hasta el castillo, llovieron flechas y rocas desde sus almenas doradas. Todos los cabecillas fueron apresados y sus cabezas cortadas en el enorme patio rodeado de torreones y largas y adornadas estancias. Sus rostros presidieron todo el año la fachada principal del castillo. A todos los demás se les asedió con palizas, se violaron las vírgenes que había en sus casas y muchas pequeñas chozas fueron quemadas. El miedo hacia la condesa creció por toda la región.

     Al año siguiente la cosecha fue buena, las nieves acabaron temprano y dejaron crecer el grano en las extensas llanuras casi ocultas entre rocas. La condesa recibió sus diezmos, carne bien engordada llegaba todos los días al castillo, grano de primera calidad, verduras frescas; copiosas cenas se ofrecían dentro de sus muros.

     La condesa Bathory era joven y enérgica, de natural travieso por no decir malo, estaba acostumbrada a los grandes caprichos, a los ricos vestidos bordados, a despreciar a todo género de ser humano que tenía que postrarse ante sus pies y simular gran temor y recato ante su persona. Ninguno de sus caballeros le placía porque la joven condesa era supersticiosa y esperaba aún más de la vida. Vivía con ella en palacio una especie de bruja de la que nunca se separaba y que le preparaba ungüentos con los que diseñar una piel para una juventud eterna. Aquella bruja le predijo la llegada de un caballero, vestido de terciopelo negro, en un caballo blanco. Era un extranjero, posiblemente español. La condesa Bathory tenía conocimiento del mundo por los exploradores de su país, que estaban todos obligados a contarles sus increíbles aventuras más allá de Moldavia; con uno de estos exploradores que traía noticias de España llegó Ruy López, vestido de íntegro negro, con puntillas blancas en el cuello y las mangas. Su pequeña melena castaña, su barba lampiña y los ojos de soñador. Montaba un caballo árabe, que había sabido arrebatar al propio Boabdil, mientras vigilaba el último reducto árabe de Al-Andalus, que pronto llegaría a pertenecer a la Corona de Castilla. Tuvo el error de apoyar y ponerse al lado de Juana la Beltraneja en las luchas intestinas de la Corona, y aunque esto no se sabía, la reina Isabel, excesivamente sagaz, lo descubrió por casualidad. Ruy López pudo escapar con aquel explorador del reino de Castilla y se arriesgó a llegar con él hasta el castillo de la condesa Bathory, que estuvo encantada de escuchar todas aquellas noticias de España sabiamente traducidas por el explorador. Reparó pronto la condesa en el porte altivo de Ruy López, en su sobria elegancia castellana, en aquel caballo blanco y elegante tan bien domado, que hacía toda clase de cabriolas en el patio de armas. Pronto preguntó a la hechicera si aquel caballero español podría ser su futuro esposo, a lo que la hechicera, después de indagar con sus magias, le respondió afirmativamente. La condesa Bathory pidió a Ruy López se quedara en su pequeño castillo y fuera co-capitán de su pequeño ejército. Ruy López, que desconocía la inclinación de la condesa hacía la maldad se prestó encantado. Un futuro mucho peor le esperaba en su imaginación que este que se le ofrecía en bandeja, y del reino de Castilla pasó a defender una parte importante de este reino de Moldavia.

     La vida de Ruy López ciertamente era allí regalada, los campesinos que estaban de antemano atemorizados ante la todopoderosa condesa causaban pocos problemas y solían cumplir puntualmente con sus diezmos. La caza era su deporte favorito, y en una región en la que imperaban los bosques y los lugares de difícil acceso ésta era rica y abundante. Todos los martes salía con sus hombres y venían de nuevo al castillo cargados de venados, de perdices, de pequeñas y sabrosas codornices… En uno de estos martes aciagos le sorprendió la tormenta cuando andaba solo persiguiendo a un hermoso ciervo; por suerte encontró a su paso una pequeña cabaña en el extremo del bosque, en el que diestramente el ciervo se internó. Llamó a su puerta para resguardarse de la lluvia que arreciaba y una joven asustada le abrió; se trataba de Mary, una tierna campesina de diecisiete años que había vivido hasta entonces con su abuela que por desgracia acababa, hacía apenas una semana, de morir. Ruy López fue cortés y educado con aquella campesina que, una vez supo que se dedicaba al cuidado del reino y que estaba al servicio de la temida condesa, le ofreció cobijo y comida caliente. Así Ruy López se tropezó con el verdadero amor de su vida, una chica sencilla y hermosa que pasaba el día al cuidado de sus animales e hilando seda para poder mantenerse. Pronto Ruy López le brindó su protección, y largas jornadas en las que se suponía se encontraba de caza las pasó con la muchacha. El amor fue creciendo entre ambos sin cortapisa ninguna. Nada sabía la pequeña aldeana ni el mismo Ruy López de las verdaderas intenciones de la condesa, que pretendía, una vez lo suficientemente adiestrado en la defensa de su territorio, casarse con él. La maga de palacio previno a la condesa sobre el peligro de una joven virgen que leía en las manos y que había embaucado a Ruy López; tenía noticia de esto por uno de los hombres de palacio que le acompañaba en sus cacerías y con el que estaba amancebado. Le prometió a la condesa atrapar a la joven y traerla hasta su presencia y así cumplió su promesa. Su amante la trajo de secreto, atada y oculta en un carruaje. La condesa Bathory pudo ver así frente a frente a su verdadera contrincante. Nada acompañaban a la belleza de la joven sus toscos sayales, pero era ciertamente tierna y hermosa y no tenía maldad ninguna. Atemorizada, Mary se postró ante la condesa pidiéndole que la dejara libre; pobre era en realidad y no tenía ningún bien que ofrecer a su juicio a su señora. En caso de que necesitara de sus servicios estaba dispuesta a servirla. La condesa Bathory dejó caer el nombre de Ruy López en su conversación y le preguntó a la campesina qué había de cierto en las noticias que le habían llegado de estos amores. Mary no sabía a ciencia cierta que responder y optó por decirle la verdad y contarle desde el principio la historia. Cómo le dejó las puertas abiertas de su casa al saber que estaba al servicio de su señora y cómo él por gratitud le ofreció su protección; a nada más había llegado esta historia que alguna que otra charla risueña en el campo. Mary juró a la duquesa no volver a recibir a Ruy López si su voluntad era contraria a estas inocentes visitas…

    La condesa que conocía por su hechicera la facultad de la joven virgen para indagar en el destino humano le ofreció a Mary su mano derecha y la muchacha muerta de temor vio en ella su propia muerte y la condena que sufriría la condesa. No supo que decirle y sólo le dijo:

   -- Perdona condesa mi falta de conocimientos en esto de la quiromancia, mi abuela me enseñó pobremente a leer el destino de los hombres, ella murió, y yo no aprendí lo suficiente. Sólo veo escrito en tu mano una frase: “La sangre de una virgen ungirá tu nombre”, debes en mi opinión saber perdonar y escapar a todo intento de maldad.

    --Eres lista- respondió la condesa- sin duda temes por tu vida y pretendes salvarla. Esta noche dormirás en mi palacio, mañana temprano serás conducida de nuevo a tu casa. No debes tener miedo de mí. ¿Por cierto, crees que si bebo la sangre de una joven e inocente virgen, como dice mi maga, conseguiré la eterna juventud?

    -- Desconozco las artes de tu hechicera, sólo te digo que si mi humilde opinión te sirve de algo nunca debes enfrentarte con las leyes de Dios. Si vences la maldad sin duda serás recompensada.

    No preguntó nada más la duquesa e hizo conducir a la joven a una de sus mejores estancias y le hizo servir una rica cena que Mary no comió. Durmió o mejor dicho veló allí la chica la noche entera que presentía su propia muerte al día siguiente, pues creía saber que aquella virgen sacrificada por la condesa era ella misma. Se resignó a su destino miserable y pidió a Dios por el consuelo de su alma.

     A la mañana siguiente, a eso de las siete dos hombres golpearon en la puerta de su estancia y la hicieron salir, ataron sus manos y la condujeron hasta su casa. En el enorme pino que daba sombra a la cabaña la hicieron colgar y allí mismo la dejaron morir. Fue desangrada; su sangre la bebió casi toda la condesa Bathory.

    Cuando Ruy López se enteró de la desgraciada noticia ya fue tarde. Acudió con sus hombres hasta la cabaña de Mary y la encontró colgada en la misma posición en que muriera, sin duda la condesa había querido darle una lección de su poder.

    Hizo bajar a la muchacha y en las mismas faldas del pino, donde había sido colgada, la enterró en una fosa que el mismo cavó. Mandó cortar dos leños parejos en forma de cruz y clavarlos sobre su tumba. Después de esta lección Ruy no dijo nada a la condesa, pero huyó conducido de nuevo por los exploradores a la primera oportunidad, pues se dio cuenta del verdadero rostro de su anfitriona y decidió no prestar su servicio a una mujer tan cruel. Recordó desde otro país a Mary y la condesa nunca pudo llegar a encontrarlo pese a que hizo a sus hombres buscar por todo el territorio y también a los exploradores se les encomendó que si se lo volvían a encarar lo llevaran a su presencia, bajo pena de ser castigados si incumplían su orden. Aquel explorador que partió con Ruy López nunca se atrevió a regresar ante su presencia y juntos emprendieron el camino de la aventura y la supervivencia.

   Se dice que pasaron los años y ni la condesa, ni su hechicera envejecieron, muchos fueron los que llegaron hasta el castillo a descubrir el misterio, jamás se les dejó entrar. Con el tiempo hubieron de partir de aquel castillo que el resto del mundo creía encantado y su vida fue un peregrinaje constante por la tierra, escondiéndose del asombro de las gentes que a cualquier precio quería conseguir aquel elixir de la eterna juventud. La hermosa condesa recordó en muchas ocasiones la bondad de Ruy López, al que nunca, para su desgracia, le encontró sustituto. Vivió y murió… si es que llegó a morir porque muchos suponen que perduró como el mismo diablo que era en tierra extraña, desgraciada, sin bienes y sin amor. Nada consiguió con su maldad sino hollar en su eterna condena y desgracia.

María Ángeles Rodríguez, relato extraído de Juegos de Realidad y Ficción II.