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Natalia de Fer

NATALIA DE FER:

   Me encuentro instalado aquí desde hace más de quinientos años, llevo toda la vida en estas cavernas profundas ,alejadas de los hombres, rodeado de estantes ocupados por los libros de registro. En cada uno de ellos montones de seres tienen los momentos más importantes de su vida registrados: la fecha de su muerte, la de su nacimiento, cada una de las pruebas importantes por las que ha de transcurrir su vida corriente y anodina; ninguno de ellos tiene conciencia de nada de lo que aquí se guarda. Puedo recorrer sus pasos  entre estas hojas que yo mismo he escrito por mandato de la providencia  y saber el destino que a cada uno le está deparado. Ellos, en cambio,  todos viven ajenos a un porvenir medido y pesado.

   Cada vez que un alma nueva llega a nosotros yo debo permitir otro  nacimiento, aprieto con todas mis fuerzas la vieja y destartalada palanca de hierro, cada día más reacia  a causa de la herrumbre y mis escasas fuerzas, una gran llama se enciende y asoma hacía el exterior ¡Es la señal!; una vieja ánima ocupará un nuevo cuerpo.

Hoy, 1 de enero del 1650,   ha venido al mundo  Rodolfo Schut, esta misma noche recogeremos de nuevo su alma. Ésta es la historia de Schut:

   De madre alemana y padre español, será un gran pintor aunque vivirá sin  gloria mayor, muchos cuadros saldrán de su pincel, dará también su parte a Dios, pues ha de pintar en Sevilla las vírgenes más bellas, las que inspiran mayor devoción. No utilizara modelos para sus pinturas pues un único modelo los contiene a todos. Cada uno de sus lienzos, de sus frescos tendrá un sólo rastro de una mujer única que pasó por su vida, Natalia de Fer. Rodolfo Schut recuerda en su mente cada una de sus rasgos: sus ojos rasgados y verdes , desconocidos  como un inmenso abismo , su pelo entre rubio y castaño claro ,repleto de bucles , su piel irisada, sus labios rosados y húmedos, su cintura pequeña, su complexión perfecta, menuda y ágil.

   Natalia de Fer era hija de un conocido banquero, la Sevilla de 1650 contaba con muchos de ellos; la actividad comercial más intensa  que en lustros pasados los había hecho necesarios. Entre la marginalidad y las continuas calamidades, provocadas por las inclemencias del tiempo y la peste, que la Iglesia siempre interpretaba como castigo de Dios ante una vida de pecado, sobresalían unos cuantos opulentos. Para muchos de ellos y para el clero, que tenía aún cierto poder absoluto sobre los hombres, había pintado Rodolfo Schut muchas de sus obras.

   Rodolfo Schut pasará a la historia como uno de los seguidores anónimos de Zurbarán, nadie lo conocerá con exactitud hasta el 2100,  imitara sus figuras perfectamente recortadas sobre oscuros fondos, sin embargo, en los libros de pintura será solo uno más entre los muchos de esta Sevilla ya de entonces, hasta que un coleccionista descubra uno de sus cuadros, el mejor, una Virgen desnuda, rodeada de ángeles y que se corresponde al completo con Natalia de Fer !Ah los mortales!, tardan siglos en reconocer el verdadero talento, más tarde han de aparecer cuadros suyos extendidos por coleccionistas privados de Europa y América; los siglos que han de venir lo convertirán en un magnífico pintor.

   Natalia de Fer pasará  ignorada, como un cuadro que nunca se pintó, pero, diseminada en cada uno de sus lienzos y sus frescos, su espíritu cobra vida propia cuando es contemplada y admirada en su perfección. Así ocurrió esta historia que duró sesenta y dos años para los hombres y que para nosotros ni siquiera ocupa un día. Ya está prácticamente cumplida.

   Natalia de Fer marchó hasta Italia, se había desposado con un banquero genovés, cuando el banquero la vio por primera vez quedó prendado de la muchacha y con ella consiguió partir  hacia su tierra natal. Rodolfo Schut la había conocido mientras hacía el retrato de su padre, muy pocas palabras se habían cruzado entre ellos, las suficientes para engendrar un loco amor. Dos deseos pidió Rodolfo Schut a Dios, uno era alcanzar la gloria, y fue  conocido en su tiempo, con el paso de los años montó  un obrador propio  desde el que se enseñaba a los aprendices a la vez que se componían cuadros que eran vendidos no sólo en Sevilla sino a mucha de la gente que pasaba por allí; destinados a América fueron una serie de doce arcángeles y doce Césares que Rodolfo Schut nunca consiguió cobrar.

   Muchos eran los edificios que pertenecían a la Iglesia por entonces en Sevilla, para muchas parroquias y hospitales compuso bellas composiciones, retratos de la Inmaculada Concepción, misterio en el que estaban enfrentados dominicos y franciscanos, santos que engendraban  la devoción en la urbe como San Isidoro, San Roque, Santa Justa y Santa Rufina. No obstante, tuvo algún que otro altercado con los padres de la Iglesia, Schut no se conformó nunca con la moral imperante, sus propios orígenes tiraban de él y así, muchas mañanas, llegaba medio ebrio a su obrador. Le gustaba llevar una vida licenciosa y cuando podía permitírselo lo hacía. En más de una ocasión vio como los frailes encargaban a otros cuadros que estaban destinados a su paleta y a su pincel; no se fiaban en exceso ni de sus antepasados, ni de su fe.

   Muchas mujeres pasaron por su vida, se casó y tuvo un hijo con una sevillana, Héctor, que partió a probar fortuna hacía el Nuevo Mundo, pero no fue feliz y continuamente se daba con mujeres de mala vida. Su esposa sabía que no tenía nada que hacer con él, desde el primer día fue serio con ella, algo percibía en sus modales que le daban a entender que no la quería, pero que podía hacer una pobre mujer sola en aquella época sino casarse y engendrar para subsistir. De todas formas no la trataba mal, pero para él sólo había una mujer, una que nunca estuvo a su alcance: Natalia de Fer. Ésta fue su segunda petición a Dios, el amor de Natalia de Fer. Pensaba que quizás desde allí, desde Italia, aquella mujer tampoco era bienaventurada y creía una fatalidad del destino la vida que le había tocado llevar lejos de ella; no pensó nunca en volverla a ver aunque lo deseó toda su vida. A los sesenta y dos años: viudo, viejo y sin bienes, sin vida en sus pupilas para poder pintar, nada tenía que hacer  con aquel tormento que le seguía abrasando como el primer día. Nada le quedaba ya de dinero y se dedicaba a la mendicidad, no presentía su muerte tan cercana aunque sólo le faltaban tres semanas para morir.

   Únicamente contaba con un pequeño cuarto donde guarecerse, el resto del día lo pasaba en la calle viviendo de la caridad; muchos clérigos buenos que lo habían conocido en su esplendor le tenían lástima. Aquella semana final la estaba pasando peor que nunca, se sentía desprotegido y unos escalofríos intensos recorrían todo su cuerpo, apenas tenía fuerzas para llegar hasta su estancia, tenía extendido en el suelo un pequeño pañuelo sobre el que recogía las monedas cuando los pícaros, extendidos por toda Sevilla, no se las arrebataban en algún golpe de sueño. Si estos días fueron terribles, el viernes, ya ni siquiera consiguió levantarse de la puerta de la iglesia desde donde pedía para comer. Se quedó casi inconsciente, mareado, y cuando abrió los ojos, a eso de las siete de la tarde, se hallaba en un cuarto enorme recostado sobre una cama recién hecha, apoyado sobre dos grandes cojines de lana, por momentos pensó que había enloquecido. Le trajeron hasta allí la cena: una sopa caliente cocinada con ave y Rodolfo Schut se preguntaba a quien debía agradecerle este detalle.

   Una dama se aproximaba  hasta su cama y le hablaba cariñosamente, él ni siquiera podía verla. A la dama le gustó el medallón que llevaba en su pecho, era una foto de Natalia de Fer que el mismo había pintado, el anciano se resistía a abrirlo y mostrarlo pero agradecido y aturdido por el peso de su pasión secreta le contó la historia de su vida, pues aún moribundo estaba plenamente consciente y pidió a la dama que al morir, si es que llegaba a morir, porque la esperanza de volver a encontrar a Natalia lo seguía alimentando, le hicieran un enterramiento digno y le dejaran colgado del cuello este mismo medallón. Una vez que estaba por expirar, la dama, sujetando entre sus manos una de las manos del moribundo desplegó el colgante y vio en él a una hermosa muchacha de dieciséis años, en la otra parte del medallón aparecía la siguiente inscripción:

1666, Natalia de Fer

   Quedó tristemente conmovida al descubrir el retrato de aquella dama, ella misma había sido la joven que el viejo portaba en su medallón, ella era Natalia de Fer. Había enviudado hace unos años y había regresado de nuevo a su tierra natal; no había sido desgraciada del todo en su matrimonio pero nunca se sintió lo amada y protegida que hubiera deseado ser, por eso, cuando cerró los ojos de Schut besó tiernamente sus labios y recorrió en un instante toda su vida anterior; recordó el atractivo enorme de Schut en su juventud, un atractivo del que ya no quedaba apenas nada, si acaso algunos destellos del marrón luciérnaga de sus ojos que parecían saberlo y comprenderlo todo desde la lejanía, y pensó para sí cuanto hubiera cambiado su vida si Marcelo, su marido, la hubiera querido así o si se hubiera llegado a casar con Schut, pero la distancia social entre ambos era todavía un obstáculo prácticamente insalvable en estos tiempos, por eso Schut no osó quizás ir tras de ella. De esta forma el viejo Schut vino a ser amado y comprendido por Natalia De Fer en el mismo instante de su muerte, su alma llega en este instante hasta nosotros, debo anunciar otro nuevo nacimiento del que ya intuyo la mayor parte de sus pormenores.

   El viejo registrador contaba todo esto al nuevo asistente divino que entraba a ayudarle en sus quehaceres, el continuo vivir entre aquellas rocas húmedas habían malogrado su articulaciones, no siempre estaba dispuesto a escribir y registrar. Este joven sin duda le haría la vida más llevadera. Vivía desconociendo que esa misma noche, su muerte, en algún otro libro estaba escrita y que yo era sólo su sucesor.

Juegos de Realidad y Ficción I.