A+ R A-

MARCO CAPELLO

Efebos, frutas y cacharros, Gabriel Morcillo borde blanco color alterado

MARCO CAPELLO:

  Marco Capello era italiano, tenía a sus pies todo un emporio de moda, siete u ocho mansiones en las que albergaba a cuatro pequeños chihuahuas encantadores pero tremendamente mal educados. Cada una de sus casas era un pequeño palacio: cuadros de Canaletto, porcelanas de Meissen,  alfombras de “petit-point”, sofás de piel de leopardo, techos forrados en madera, paredes tapizadas en telas bordadas en España. Los cuadros colgados en sus salones se volvían a ver dibujados en todos los cojines que había repartidos por doquier. Todas las divas del cine aseguraban adorarlo, porque a todas las vestía como nadie lo hubiera logrado. Sus imágenes de mujer en verdad poseían la eternidad y estaban a la altura de las diosas del Olimpo. Quizás si a Era la hubiese vestido Marco Capello no hubiera sufrido por parte de Zeus, tantas infidelidades. 

   En todas estas mujeres decía inspirarse, pero no era cierto, ninguna de ellas llamó nunca su atención. Su labor era la de un artista, capaz de embellecer la realidad hasta límites insospechados. Sus diseños  no eran más que otra imagen de él mismo travestido, adorado y amado por todo el género masculino. Marco Capello conocía su talento, si hubiera nacido en otros tiempos posiblemente hubiera sido un gran pintor cuyos juegos de luz aún hoy nos entusiasmarían o un escultor a la altura de su David como Miguel Ángel. Él se sabía de una raza distinta pero nunca osó declararlo porque conocía en exceso al género humano y a sus cincuenta y siete ya había comprendido de sobra que la mayoría de los mortales que habitaban en la tierra pertenecían a la secta del Fénix y que su mente nunca les daría para comprender su excepcionalidad ni su diferencia.

   Pero aquella mañana, al mirarse en uno de los muchos espejos que había repartidos por su casa de Roma, no se reconoció. Poco quedaba ya en él de aquel muchacho emprendedor de pelo rubio y engominado que hipnotizaba con su presencia. Su piel en otro tiempo tersa y suave se había hecho ruda con los años y aquellas pequeñas marcas en la comisura de sus labios que incluso agraciaban su sonrisa eran ya fuertes surcos difíciles de disimular. Hasta el azul intenso de sus ojos siempre vivarachos se reflejaba apagado y pardo en el cristal. Hacía ya varios días que se había hecho un chequeo médico completo y tenía el SIDA, todo su imperio parecía peligrar. Nada podía hacer por ocultar una enfermedad que pronto se filtraría por los medios de comunicación y lo más importante e insólito acabaría con su vida para siempre; cosa que nunca llegó pensar porque como todos creyó que moriría de viejo y que su hermana o alguno de sus sobrinos continuarían con su labor.

   Dos días, sábado y domingo encerrado en casa, el lunes iría de nuevo a la clínica y posiblemente tuviera que permanecer ingresado allí. Hasta entonces poco le quedaba que hacer, pensar y pensar. Se sentó delante del buró y lo abrió para coger papel de cartas, quería despedirse de su sobrino mayor que se encontraba ahora viviendo en Cerdeña y al que posiblemente ya no volvería a ver. Sobre los sobres de las cartas, dentro del buró se encontraba una pequeña fotografía que casi tenía 50 años. En el papel desgastado y agrietado ya por la edad se veía a Marco de niño junto con su amigo Aurelio, en el suelo había extendidos pequeños coches y camiones de madera pintados. Tampoco podía dejar de despedirse de Aurelio, al menos de telefonearle y tener una charla amistosa para que se quedara con un buen recuerdo de él. A pesar de los años que habían pasado desde esa fotografía él y Aurelio habían conservado la amistad, a pesar de la distancia geográfica que les separaba desde que él se había marchado a estudiar diseño y moda a la capital. Aurelio y él en verdad que siempre se entendieron, sobre todo de niños, Marco siempre conseguía hacerlo reflexionar. Aurelio era demasiado pasional, demasiado viril, Marco en cambio era un chico de rasgos sedosos, guapísimo. Siempre le decían que era más guapo que una niña, por eso nunca admiró a las chicas, porque la belleza ya la poseía él. Su mente era delicada, suave como sus acciones. Marco y Aurelio formaban un buen equipo, junto a él lo pasaba bien. Siempre tenía éxito en todas sus iniciativas y Aurelio que era más corpulento y fortachón también le hacía su servicio y si alguien se encaraba con él lo defendía. Toda su vida amorosa sería la búsqueda de ese esquema feliz formado en la infancia. Marco y Aurelio formaban un buen equipo, junto a él había felicidad. Nunca le dijo que era homosexual, Aurelio no lo habría comprendido, y esta era una amistad de las que en su opinión merecía la pena conservar.

    Con los años llegaron otros hombres a su vida fuera ya de la admiración que despertaba su padre, su tío y Aurelio ,sobre estos hombres ya tenía ciertos intereses  amorosos, hasta que se estableció por fin con Fabio pasó épocas bastante tormentosas en su corazón. El amor de Fabio le hizo alejarse del ambiente familiar, su padre que había sido hasta ahora su socio y principal inversor en el negocio de modas no llegó a entender una amistad tan estrecha que exigía vivir juntos a dos hombres de distinta familia. Y Fabio… el pobre, hubo de morir.

   Durante mucho tiempo creyó que la desgracia se había cebado con él y quizás tuviera razón. Haciendo repaso a su vida podía muy bien decir que nunca fue del todo dichoso. Qué pasaría, --se preguntaba ahora--, si hubiera sido heterosexual, porque él venía notando que el resto de la gente gozaba de un cierto sosiego espiritual que a él le había sido vedado. Quizás en algún rincón muy perdido de su infancia una pequeña infamia femenina se dejaba ver, quizás esa pequeña infamia hizo cambiar su cerebro y convertirse en lo que fue después. Quizás por eso no tuvo un desarrollo normal de su inteligencia, al menos en los afectos y quizás en otras muchas cosas más,  pero esa pequeña infamia que pasó antes de todo aún no la recordaba. Pudo ser un mal gesto, una mala acción de alguna pequeña diablesa de la que él esperaba mucho. En los últimos meses que le quedaban para cruzar a la otra orilla le fue permitido recordar a una niñita monísima de la que conservaba una foto aún, una casi prima política. Él esperaba ansioso conocerla y la chica quizás sintió cierta envidia, quizás pensó que algún daño la amenazaba y le dedicó una mala cara y un comportamiento poco digno de una dama. ¿Pero en su vida no había quedado nada de un incidente tan prematuro? Muy pronto sintió admiración por los chicos por su fuerza, por su impulsividad por su grandeza, como por Aurelio, como por su padre que era el hombre más maravilloso y guapo de la tierra, como por otros muchos más que siempre salían a su favor. Tal vez alguna vez había sentido un interés pasajero por alguna chica pero su mente de manera completamente automática había reaccionado pronto y le había hecho comprender que  a él no le gustaban las niñas.

   En el buró conservaba todos sus recuerdos más preciados, una cinta de “Mentiras arriesgadas” en la que Arnold Schuwarzenegger estaba insólito. Él diseñó el vestido de Jaime Lee Curtis, sí, ese que aparece mientras Arnold y  Helen bailaban el tango final. Cómo le hubiera gustado a él danzar junto a Arnold en ese tango final. Sentir sobre si el fuerte abrazo de sus brazos y esa miradilla diabólica posándose en sus tiernos ojos azules. Llegó a conocer a Arnold, estuvo invitado en una cena del futuro senador. Arnold apenas le dio un brusco apretón de manos mientras su mirada recorría todos y cada unos de los escotes femeninos que había apoyados a lo largo de la larga mesa oval.

   Todas las joyas que Fabio había diseñado para sus colecciones ocupaban todos y cada uno de los cajones del buró. Fabio era de perfil griego y cabellos rizados y morenos, con enormes pestañas, se conocieron en un Club que regentaban dos homosexuales, por allí sólo iban hombres. Ahora que era famoso, que tenía una reputación que guardar no podía pasar por ninguno de estos clubs y se veía obligado a acudir a los conocidos de toda la vida y algún gigoló recomendado que guardaba absoluta discreción. Cada vez que su mano recorría un collar, un pequeño broche diseñado por Fabio las lágrimas le acudían a los ojos ya casi sin saber el porqué. Después del tiempo que había pasado, de las aventuras que habían transcurrido por su vida seguía enamorado del joven Fabio. En uno de los dormitorios conservaba toda su ropa, sus zapatos siempre limpios, sus corbatas a rayas de colores…Todos los libros que leía estaban también alojados en su biblioteca. Fabio murió de cáncer con sólo veinte y nueve años, era seis años más joven que él. Poco les duró la felicidad, apenas siete años de vida en común, los que Marco recordaba y recordaría hasta su última exhalación como los más felices de su malogrado destino. El recuerdo de estos años atormentaban la vida de este personaje que no había obtenido más felicidad en su vida adulta que Fabio, aparte siempre de sus logros profesionales, pero para Marco Capello toda la gran alegría de vivir se reducía al amor.

   El diseño también había sido una vocación temprana en su vida, su madre era una mujer elegante en el vestir, tenía dinero y siempre que salía despertaba la admiración de los hombres. Su padre le regalaba magníficas joyas, collares de piedras preciosas, pulseras de las que colgaban moneditas de oro que tintineaban al ágil movimiento de sus manos y que él deseaba atrapar. Su padre en verdad amaba a su mujer, este amor lo engrandecía ante los ojos del pequeño Marco.

   La admiración más temprana que sintió el joven Marco fue hacía su padre. Apenas lo veía durante la jornada de trabajo porque el siempre andaba trabajando en sus negocios, pero  por las noches cuando llegaba a casa aún cansado le leía un pequeño cuento al joven Marco y lo besaba en la frente. Su padre era mucho más alto que él, mucho más fuerte, mucho más admirable. Tenía unos brazos musculosos y fuertes que podían con todo y sus ojos eran grandes y negros como el azabache. Serían los mismos ojos que vio en Fabio.

    Su tío César se parecía mucho a él. César siempre sacaba a pasear a Marco hasta que Lina, su futura esposa llegó a su vida, entonces Marco la vio, en su pequeña mente, como una pequeña enemiga que acaparaba el cariño de César y a la que él nunca se atrevió a contrariar.

   Lo demás de su historia ya se lo pueden ustedes imaginar el amor siempre asociado al tormento y a la desesperanza. Las relaciones esporádicas que nunca llegaron a cuajar.  La lucha por volver a encontrar el papel  feliz de una infancia que ya nunca regresó. Y siempre la marginación y el desarraigo, la falta de amor…. En la mente de Marco Capello no había vicio, ni pecado, simplemente enfermedad.

(Pequeño relato extraído de Juegos de Realidad y Ficción II, Madrid, Entrelíneas,2009)