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Virgen del Abanico

   Esta Virgen la llamé Virgen del abanico y me la inspiraron varios poemas, el más conocido entre nosotros es <<Era un aire suave>> de Rubén Darío, en una de cuyas estrofas se describe a una dama abanicándose:

¡Amoroso pájaro que trinos exhala 
bajo el ala a veces ocultando el pico; 
que desdenes rudos lanza bajo el ala, 
bajo el ala aleve del leve abanico!

   Es un texto magnífico del modernismo parnasiano. He leído varios poemas de estas características, donde aparece una dama abanicándose, uno era de Mallarmé dedicado a su hija, titulado: <<Autre éventail>> y lo leí en la Biblioteca Nacional de Francia. He leído también poemas contemporáneos en los que aparece ya un hombre abanicándose, uno de ellos, bastante original es de Ana Rossetti titulado: <<A un joven con abanico>>. Lo cierto es que casi al mismo tiempo que he realizado este cuadro he escrito un poema que se titula: <<A una dama abanicándose>>, que aparecerá en mi próximo libro de poemas y que yo les presento aquí:

 

Entraba por la vidriera la luz matizada

y tu cara se teñía de variados tonos.

Entre azul y amarillo, entre carmín y verde,

tus ojos se asemejaban a dos candiles de oro.

 

Y tus manos ingrávidas agitaban sin miedo,

como las olas del mar en airado gesto,

la ligera vela blanca entre palos tallados,

en su tierna osamenta de madera cerezo,

que parecía en tu izquierda un pájaro al viento.

 

Unas plumas finales ondeaban al aire

y en el aire temblaban con su dulce caricia,

y tus dedos alados señalaban dos rosas

dibujadas en rojo sobre el albo velamen;

marcaban un camino de ilusiones y sueños,

que yo viejo marino conocía ya de sobra.

 

Tendido en mi diván con el rostro perdido

buscaba las palabras más veraces y ciertas,

mas las letras huían de mi húmeda boca,

ni una sola acudía para abrirle la puerta.

 

Y absorto y escindido esperé contemplándote,

entre el miedo y las ondas que gobiernan el viaje.

La belleza absoluta llegaba hasta mis ojos

y con los dos perdidos en tu rostro dorado,

sin querer, sin saberlo… me quedé deslumbrado.

 

   Es mucha la literatura que se ha escrito sobre damas abanicándose, sobre la especial comunicación de los abanicos. También hay cuadros en donde aparecen. Por ser el más cercano a mi memoria recuerdo uno de Rafael Gordillo en el que retrata a su mujer con mantilla blanca y el abanico desplegado. También Velázquez pintó La dama del abanico. De todas estas formas poéticas y estróficas me surgió la idea, contemplando también la reproducción de un cuadro magnífico que tengo en mi despacho de Pierre Mignard, La Virgen de las uvas, de retratar a la Virgen con un abanico. Hice una especie de boceto en mi blog de dibujo y lo pasé al lienzo.

La Virgen de las uvas, Pierre Mignard

   El abanico de la Virgen que destaca por su color rojo como símbolo también de la pasión y la muerte, posee unos claveles blancos dibujados, uno de ellos se eleva desde su misma mano como cogido por ella. Estos claveles blancos encarnan la pureza de María. Entre las varillas del abanico hay una pequeña bola del mundo dibujada que toca con la mano el Niño que tiene cogido el abanico. El mundo es el símbolo del creador, o más bien de su creación y el Niño es así el rey del mundo, el que lo tiene en sus manos. Son muchos los reyes y poderosos que se han hecho retratos en los que el pintor ha querido incluir una bola del mundo para hacer referencia a su poder y a su realeza. Este símbolo lo escogí para el creador en mi Cristo resucitado y en mi Virgen del clavel, óleos que han aparecido aquí comentados.

   Mi Virgen del abanico retrata una escena cotidiana y ficticia en la vida de la Virgen y el Niño, es en eso semejante a la de Mignard, aunque yo soy todavía una aficionada en la pintura. El Niño tiene en su mano el abanico, que la Virgen a la vez sostiene para que no se le caiga dada la pequeñez de su mano y de su fuerza. En La Virgen de las uvas, la Virgen sostiene un racimo de uvas sobre el que el Niño apoya su mano. Son muchos los cuadros que relatan escenas cotidianas en la vida de la Virgen y el Niño de estas características, en el Museo del Prado existe también una archiconocida, La Virgen de la Granada, de Fray Angélico que aquí arriba aparece representada y que se ha incorporado recientemente (2016) a la colección de pintura italiana de este museo.

   Mi Virgen del abanico es una mujer de este tiempo, aparece con la cabeza liada como una Virgen clásica, aunque su turbante es más actual, válido para cualquier cultura a la que le pueda interesar la Virgen o el arte y su vestido es un estampado contemporáneo como los nuestros de ahora. Es normal que un cuadro retrate también su tiempo. Este estampado se da también en el fondo del cuadro, pues la Virgen y el Niño se sitúan en una especie de vergel lleno de flores, en un exterior. En el lado derecho existe una paloma sobre una rama, que lleva en su pico a su vez una ramita de olivo y en el margen izquierdo aparecen, delante de la Virgen, las ramas de un olivo poco frondoso. Son también signos divinos que contribuyen a crear en el cuadro una visión más tridimensional, pues unos motivos se adelantan a otros contribuyendo a dar el realismo de la escultura a través de objetos superpuestos. El hecho de que la Virgen no aparezca con corona se ha utilizado también de sobra, recordemos las esculturas de Alonso Cano y hasta la misma Virgen de Mignard. También es mi intención traer a esta Virgen a la cotidianidad de la vida y que se pueda identificar con cualquier mujer a los ojos del espectador, pues representa una escena normal  de la vida de una mujer, una maternidad.

   He intentado que el rostro de la Virgen se salga un poco de la línea tradicional y que no aparezca como una imagen demasiado comedida, mojigata y blanda, sino que denote cierta inteligencia y personalidad y a la vez transmita tranquilidad. El cuadro, que es en sí sencillo y renacentista, se vuelve un poco barroco por la acumulación de motivos pictóricos, de su delicado colorido y de sus símbolos. El Niño en cambio aparece con la mirada algo más perdida, símbolo también de su inocencia y falta de conocimiento real de las cosas dada su edad. No es un cuadro realista, pues aunque yo hago mucho arte figurativo tiendo siempre al ideal y no a los aspectos menos sórdidos de la vida humana. Mi posible realismo se aleja así mucho del naturalismo y quiere propiciar una imagen agradable, fácil de contemplar y bella. Y es que la belleza es un valor y el disfrute artístico sin trabas merece también su lugar. A menudo, lo mismo en la pintura que en la literatura, parece que los artistas nos tenemos siempre que justificar por no ser lo suficientemente críticos con la realidad. Unas veces los somos más y otras veces menos, pero sin duda crear una escena agradable o una novela que les guste a ustedes leerla es más trabajo de arte y belleza que de otra cosa. Yo he querido con este cuadro lo que sin duda Rubén consiguió con <<Era un aire suave>>, despertar sus sentidos ante la efímera belleza que puede hacerse eterna en el arte y por fin perdurar.

    Les remato este breve artículo con otro poema que aparecerá en mi próximo libro también y del que ya no les voy a adelantar más. Como decía Horacio, Ut pintura poesis:

En los vastos jardines de las rosas,

que destilan el carmín de las auroras

y en las tiernas hebras del cabello,

grabado por Midas con oro y fuego,

vibra el color como la voz.

 

Entre las ondas de azul que el mar arroja

sobre la blanca arena de las playas…

bucea la paleta entre las calas

junto a peces de escamas plateadas.

 

Magentas y cianes, cerúleos y alados,

vuelan en las plumas de pájaros pintados.

Y el verde esmeralda encuentra a su paso

pequeños toques de blanco titanio;

son las flores del huerto encantado

en que Melibea se encontró con Calisto.

 

Son los amores secretos que muerden

en dulces colores apastelados,

ahora suaves y amortiguados,

después despiertos y apasionados,

los que en la paleta se tornan creados.

 

A la pintura quise hacerle un poema

de suaves sílabas y letras vivas;

como la pintura es la poesía,

que suena a música jamás oída.