18 Oct 2017
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I

Querido Dreifus:

 

 

Recibí el mes pasado tu carta. Me complace saber que aún te acuerdas de los viejos amigos.

 Creí entender por tus palabras que volvías a Madrid a terminar tus estudios de derecho, nunca los debías haber dejado. La policía es hoy un cuerpo corrupto,¡ no sabes hasta donde! Espero que al llegar a Madrid lo primero que hagas, antes de ir a la Universidad y empezar de nuevo tu cuarto curso, es que vengas a verme a mí. No te quiero alarmar por carta, no quiero dejar escrito las cosas que he de explicarte, cosas que tú mismo habrás de juzgar como insólitas. La vida pasa de la manera menos insospechada, lo que nunca crees que te va ocurrir es lo que llega a suceder. Sabes, es muy doloroso hasta decirlo, mi marido ha muerto y necesito de tu amistad. No es lo que tú crees sospechar, tengo un último trabajo para ti y sin tu ayuda e interés creo que será imposible  concluirlo satisfactoriamente. Si algo queda de nuestro pasado te ruego que no traiciones mi amistad, aunque es sólo eso una amistad. Sé que en breve llegarás, debes acudir a mi casa lo primero, me es urgente el poderte ver.

 Recuerdas aquel tiempo lejano, cuando éramos apenas dos muchachos, tal vez nunca debí casarme con el Doctor Barcia, era sin duda un hombre admirable, tal vez no tan bien parecido como tú, pero lo habrás comprendido ya; yo era una joven desprovista de bienes y él me ofreció seguridad. Ahora sin duda han cambiado muchas cosas, lo nuestro es solo una amistad, pero también es una amistad necesaria.

 Como te fuiste de Madrid cuando me casé no  has podido conocer a mi hijo, tiene cuatro años y es encantador. Ahora estamos solos los dos. La desgracia ha querido cebarse con nosotros arrebatándonos a Augusto. Pero ha sucedido aún más. Te lo vuelvo a reiterar ven a verme, tú has sido siempre un corazón generoso, un alma destinada a la verdadera justicia social.

 No tengo más que decirte por carta, las cosas resultan siempre mejor cuando se tratan cara a cara. Si llegas a tiempo esperándote me encontrarás.

 Siempre tuya,

 

 

Eugenia Castels