A+ R A-

RELATOS

La Condesa Bathory

LA CONDESA BATHORY:

     La condesa Bathory anidaba en la zona más rocosa e inaccesible de Moldavia. Su castillo presidía toda la región. Sus soldados eran terribles, pocas veces el pueblo a pesar de su extrema pobreza se atrevió a ir contra ellos, la última vez ocurrió allá por el 1480; la hambruna fue extrema, la nieve anegó todas las cosechas. Aquellos humildes campesinos no tenían que dar a la condesa, sin embargo ella se empeñaba en cobrarles a cambio de la defensa de aquel vasto territorio. Con armas rudimentarias, con horcas y pequeños puñales y grandes palos de leña todos aquellos pobres diablos de la región subieron hasta el castillo; llovieron flechas y rocas desde sus almenas doradas. Todos los cabecillas fueron apresados y sus cabezas cortadas en el enorme patio rodeado de torreones y largas y adornadas estancias. Sus rostros presidieron todo el año la fachada principal del castillo. A todos los demás se les asedió con palizas, se violaron las vírgenes que había en sus casas y muchas pequeñas chozas fueron quemadas. El miedo hacia la condesa creció por toda la región.

     Al año siguiente la cosecha fue buena, las nieves acabaron temprano y dejaron crecer el grano en las extensas llanuras casi ocultas entre rocas. La condesa recibió sus diezmos, carne bien engordada llegaba todos los días al castillo, grano de primera calidad, verduras frescas; copiosas cenas se ofrecían dentro de sus muros.

     La condesa Bathory era joven y enérgica, de natural travieso por no decir malo, estaba acostumbrada a los grandes caprichos, a los ricos vestidos bordados, a despreciar a todo género de ser humano que tenía que postrarse ante sus pies y simular gran temor y recato ante su persona. Ninguno de sus caballeros le placía porque la joven condesa era supersticiosa y esperaba aún más de la vida. Vivía con ella en palacio una especie de bruja de la que nunca se separaba y que le preparaba ungüentos con los que diseñar una piel para una juventud eterna. Aquella bruja le predijo la llegada de un caballero, vestido de terciopelo negro, en un caballo blanco. Era un extranjero, posiblemente español.

   La condesa Bathory tenía conocimiento del mundo por los exploradores de su país, que estaban todos obligados a contarles sus increíbles aventuras más allá de Moldavia; con uno de estos exploradores que traía noticias de España llegó Ruy López, vestido de íntegro negro, con puntillas blancas en el cuello y las mangas. Su pequeña melena castaña, su barba lampiña y los ojos de soñador. Montaba un caballo árabe, que había sabido arrebatar al propio Boabdil, mientras vigilaba el último reducto árabe de Al-Andalus, que pronto llegaría a pertenecer a la Corona de Castilla. Tuvo el error de apoyar y ponerse al lado de Juana la Beltraneja en las luchas intestinas de la Corona, y aunque esto no se sabía, la reina Isabel, excesivamente sagaz, lo descubrió por casualidad. Ruy López pudo escapar con aquel explorador del reino de Castilla y se arriesgó a llegar con él hasta el castillo de la condesa Bathory, que estuvo encantada de escuchar todas aquellas noticias de España sabiamente traducidas por el explorador. Reparó pronto la condesa en el porte altivo de Ruy López, en su sobria elegancia castellana, en aquel caballo blanco y elegante tan bien domado, que hacía toda clase de cabriolas en el patio de armas. Pronto preguntó a la hechicera si aquel caballero español podría ser su futuro esposo, a lo que la hechicera, después de indagar con sus magias, le respondió afirmativamente. La condesa Bathory pidió a Ruy López se quedara en su pequeño castillo y fuera co-capitán de su pequeño ejército. Ruy López, que desconocía la inclinación de la condesa hacía la maldad se prestó encantado. Un futuro mucho peor le esperaba en su imaginación que este que se le ofrecía en bandeja, y del reino de Castilla pasó a defender una parte importante de este reino de Moldavia.

     La vida de Ruy López ciertamente era allí regalada, los campesinos que estaban de antemano atemorizados ante la todopoderosa condesa causaban pocos problemas y solían cumplir puntualmente con sus diezmos. La caza era su deporte favorito, y en una región en la que imperaban los bosques y los lugares de difícil acceso ésta era rica y abundante. Todos los martes salía con sus hombres y venían de nuevo al castillo cargados de venados, de perdices, de pequeñas y sabrosas codornices… En uno de estos martes aciagos le sorprendió la tormenta cuando andaba solo persiguiendo a un hermoso ciervo; por suerte encontró a su paso una pequeña cabaña en el extremo del bosque, en el que diestramente el ciervo se internó. Llamó a su puerta para resguardarse de la lluvia que arreciaba y una joven asustada le abrió; se trataba de Mary, una tierna campesina de diecisiete años que había vivido hasta entonces con su abuela que por desgracia acababa, hacía apenas una semana, de morir. Ruy López fue cortés y educado con aquella campesina que, una vez supo que se dedicaba al cuidado del reino y que estaba al servicio de la temida condesa, le ofreció cobijo y comida caliente. Así Ruy López se tropezó con el verdadero amor de su vida, una chica sencilla y hermosa que pasaba el día al cuidado de sus animales e hilando seda para poder mantenerse. Pronto Ruy López le brindó su protección, y largas jornadas en las que se suponía se encontraba de caza las pasó con la muchacha. El amor fue creciendo entre ambos sin cortapisa ninguna. Nada sabía la pequeña aldeana ni el mismo Ruy López de las verdaderas intenciones de la condesa, que pretendía, una vez lo suficientemente adiestrado en la defensa de su territorio, casarse con él. 

  La maga de palacio previno a la condesa sobre el peligro de una joven virgen que leía en las manos y que había embaucado a Ruy López; tenía noticia de esto por uno de los hombres de palacio que le acompañaba en sus cacerías y con el que estaba amancebado. Le prometió a la condesa atrapar a la joven y traerla hasta su presencia y así cumplió su promesa. Su amante la trajo de secreto, atada y oculta en un carruaje. La condesa Bathory pudo ver así frente a frente a su verdadera contrincante. Nada acompañaban a la belleza de la joven sus toscos sayales, pero era ciertamente tierna y hermosa y no tenía maldad ninguna. Atemorizada, Mary se postró ante la condesa pidiéndole que la dejara libre; pobre era en realidad y no tenía ningún bien que ofrecer a su juicio a su señora. En caso de que necesitara de sus servicios estaba dispuesta a servirla. La condesa Bathory dejó caer el nombre de Ruy López en su conversación y le preguntó a la campesina qué había de cierto en las noticias que le habían llegado de estos amores. Mary no sabía a ciencia cierta que responder y optó por decirle la verdad y contarle desde el principio la historia. ¡Cómo le dejó las puertas abiertas de su casa al saber que estaba al servicio de su señora y cómo él por gratitud le ofreció su protección! A nada más había llegado esta historia que alguna que otra charla risueña en el campo. Mary juró a la duquesa no volver a recibir a Ruy López si su voluntad era contraria a estas inocentes visitas…

    La condesa que conocía por su hechicera la facultad de la joven virgen para indagar en el destino humano le ofreció a Mary su mano derecha y la muchacha muerta de temor vio en ella su propia muerte y la condena que sufriría la condesa. No supo que decirle y sólo le dijo:

   -- Perdona condesa mi falta de conocimientos en esto de la quiromancia, mi abuela me enseñó pobremente a leer el destino de los hombres, ella murió, y yo no aprendí lo suficiente. Sólo veo escrito en tu mano una frase: “La sangre de una virgen ungirá tu nombre”, debes en mi opinión saber perdonar y escapar a todo intento de maldad.

    --Eres lista- respondió la condesa- sin duda temes por tu vida y pretendes salvarla. Esta noche dormirás en mi palacio, mañana temprano serás conducida de nuevo a tu casa. No debes tener miedo de mí. ¿Por cierto, crees que si bebo la sangre de una joven e inocente virgen, como dice mi maga, conseguiré la eterna juventud?

    -- Desconozco las artes de tu hechicera, sólo te digo que si es que mi humilde opinión te sirve de algo nunca debes enfrentarte con las leyes de Dios. Si vences la maldad sin duda serás recompensada.

    No preguntó nada más la duquesa e hizo conducir a la joven a una de sus mejores estancias y le hizo servir una rica cena que Mary no comió. Durmió o mejor dicho veló allí la chica la noche entera que presentía su propia muerte al día siguiente, pues creía saber que aquella virgen sacrificada por la condesa era ella misma. Se resignó a su destino miserable y pidió a Dios por el consuelo de su alma.

     A la mañana siguiente, a eso de las siete dos hombres golpearon en la puerta de su estancia y la hicieron salir, ataron sus manos y la condujeron hasta su casa. En el enorme pino que daba sombra a la cabaña la hicieron colgar y allí mismo la dejaron morir. Fue desangrada; su sangre la bebió casi toda la condesa Bathory.

    Cuando Ruy López se enteró de la desgraciada noticia ya fue tarde. Acudió con sus hombres hasta la cabaña de Mary y la encontró colgada en la misma posición en que muriera, sin duda la condesa había querido darle una lección de su poder.

    Hizo bajar a la muchacha y en las mismas faldas del pino, donde había sido colgada, la enterró en una fosa que el mismo cavó. Mandó cortar dos leños parejos en forma de cruz y clavarlos sobre su tumba. Después de esta lección Ruy no dijo nada a la condesa, pero huyó conducido de nuevo por los exploradores a la primera oportunidad, pues se dio cuenta del verdadero rostro de su anfitriona y decidió no prestar su servicio a una mujer tan cruel. Recordó desde otro país a Mary y la condesa nunca pudo llegar a encontrarlo pese a que hizo a sus hombres buscar por todo el territorio y también a los exploradores se les encomendó que si se lo volvían a encarar lo llevaran a su presencia, bajo pena de ser castigados si incumplían su orden. Aquel explorador que partió con Ruy López nunca se atrevió a regresar ante su presencia y juntos emprendieron el camino de la aventura y la supervivencia.

   Se dice que pasaron los años y ni la condesa, ni su hechicera envejecieron, muchos fueron los que llegaron hasta el castillo a descubrir el misterio, jamás se les dejó entrar. Con el tiempo hubieron de partir de aquel castillo que el resto del mundo creía encantado y su vida fue un peregrinaje constante por la tierra, escondiéndose del asombro de las gentes que a cualquier precio quería conseguir aquel elixir de la eterna juventud. La hermosa condesa recordó en muchas ocasiones la bondad de Ruy López, al que nunca, para su desgracia, le encontró sustituto. Vivió y murió… si es que llegó a morir porque muchos suponen que perduró como el mismo diablo que era en tierra extraña, desgraciada, sin bienes y sin amor. Nada consiguió con su maldad sino hollar en su eterna condena y desgracia.

María Ángeles Rodríguez, relato extraído de Juegos de Realidad y Ficción II.

Natalia de Fer

 

NATALIA DE FER:

   Me encuentro instalado aquí desde hace más de quinientos años, llevo toda la vida en estas cavernas profundas ,alejadas de los hombres, rodeado de estantes ocupados por los libros de registro. En cada uno de ellos montones de seres tienen los momentos más importantes de su vida registrados: la fecha de su muerte, la de su nacimiento, cada una de las pruebas importantes por las que ha de transcurrir su vida corriente y anodina; ninguno de ellos tiene conciencia de nada de lo que aquí se guarda. Puedo recorrer sus pasos  entre estas hojas que yo mismo he escrito por mandato de la providencia  y saber el destino que a cada uno le está deparado. Ellos, en cambio,  todos viven ajenos a un porvenir medido y pesado.

   Cada vez que un alma nueva llega a nosotros yo debo permitir otro  nacimiento, aprieto con todas mis fuerzas la vieja y destartalada palanca de hierro, cada día más reacia  a causa de la herrumbre y mis escasas fuerzas, una gran llama se enciende y asoma hacía el exterior ¡Es la señal!; una vieja ánima ocupará un nuevo cuerpo.

Hoy, 1 de enero del 1650,   ha venido al mundo  Rodolfo Schut, esta misma noche recogeremos de nuevo su alma. Ésta es la historia de Schut:

   De madre alemana y padre español, será un gran pintor aunque vivirá sin  gloria mayor, muchos cuadros saldrán de su pincel, dará también su parte a Dios, pues ha de pintar en Sevilla las vírgenes más bellas, las que inspiran mayor devoción. No utilizara modelos para sus pinturas pues un único modelo los contiene a todos. Cada uno de sus lienzos, de sus frescos tendrá un sólo rastro de una mujer única que pasó por su vida, Natalia de Fer. Rodolfo Schut recuerda en su mente cada una de sus rasgos: sus ojos rasgados y verdes , desconocidos  como un inmenso abismo , su pelo entre rubio y castaño claro ,repleto de bucles , su piel irisada, sus labios rosados y húmedos, su cintura pequeña, su complexión perfecta, menuda y ágil.

   Natalia de Fer era hija de un conocido banquero, la Sevilla de 1650 contaba con muchos de ellos; la actividad comercial más intensa  que en lustros pasados los había hecho necesarios. Entre la marginalidad y las continuas calamidades, provocadas por las inclemencias del tiempo y la peste, que la Iglesia siempre interpretaba como castigo de Dios ante una vida de pecado, sobresalían unos cuantos opulentos. Para muchos de ellos y para el clero, que tenía aún cierto poder absoluto sobre los hombres, había pintado Rodolfo Schut muchas de sus obras.

   Rodolfo Schut pasará a la historia como uno de los seguidores anónimos de Zurbarán, nadie lo conocerá con exactitud hasta el 2100,  imitara sus figuras perfectamente recortadas sobre oscuros fondos, sin embargo, en los libros de pintura será solo uno más entre los muchos de esta Sevilla ya de entonces, hasta que un coleccionista descubra uno de sus cuadros, el mejor, una Virgen desnuda, rodeada de ángeles y que se corresponde al completo con Natalia de Fer !Ah los mortales!, tardan siglos en reconocer el verdadero talento, más tarde han de aparecer cuadros suyos extendidos por coleccionistas privados de Europa y América; los siglos que han de venir lo convertirán en un magnífico pintor.

   Natalia de Fer pasará  ignorada, como un cuadro que nunca se pintó, pero, diseminada en cada uno de sus lienzos y sus frescos, su espíritu cobra vida propia cuando es contemplada y admirada en su perfección. Así ocurrió esta historia que duró sesenta y dos años para los hombres y que para nosotros ni siquiera ocupa un día. Ya está prácticamente cumplida.

   Natalia de Fer marchó hasta Italia, se había desposado con un banquero genovés, cuando el banquero la vio por primera vez quedó prendado de la muchacha y con ella consiguió partir  hacia su tierra natal. Rodolfo Schut la había conocido mientras hacía el retrato de su padre, muy pocas palabras se habían cruzado entre ellos, las suficientes para engendrar un loco amor. Dos deseos pidió Rodolfo Schut a Dios, uno era alcanzar la gloria, y fue  conocido en su tiempo, con el paso de los años montó  un obrador propio  desde el que se enseñaba a los aprendices a la vez que se componían cuadros que eran vendidos no sólo en Sevilla sino a mucha de la gente que pasaba por allí; destinados a América fueron una serie de doce arcángeles y doce Césares que Rodolfo Schut nunca consiguió cobrar.

   Muchos eran los edificios que pertenecían a la Iglesia por entonces en Sevilla, para muchas parroquias y hospitales compuso bellas composiciones, retratos de la Inmaculada Concepción, misterio en el que estaban enfrentados dominicos y franciscanos, santos que engendraban  la devoción en la urbe como San Isidoro, San Roque, Santa Justa y Santa Rufina. No obstante, tuvo algún que otro altercado con los padres de la Iglesia, Schut no se conformó nunca con la moral imperante, sus propios orígenes tiraban de él y así, muchas mañanas, llegaba medio ebrio a su obrador. Le gustaba llevar una vida licenciosa y cuando podía permitírselo lo hacía. En más de una ocasión vio como los frailes encargaban a otros cuadros que estaban destinados a su paleta y a su pincel; no se fiaban en exceso ni de sus antepasados, ni de su fe.

   Muchas mujeres pasaron por su vida, se casó y tuvo un hijo con una sevillana, Héctor, que partió a probar fortuna hacía el Nuevo Mundo, pero no fue feliz y continuamente se daba con mujeres de mala vida. Su esposa sabía que no tenía nada que hacer con él, desde el primer día fue serio con ella, algo percibía en sus modales que le daban a entender que no la quería, pero que podía hacer una pobre mujer sola en aquella época sino casarse y engendrar para subsistir. De todas formas no la trataba mal, pero para él sólo había una mujer, una que nunca estuvo a su alcance: Natalia de Fer. Ésta fue su segunda petición a Dios, el amor de Natalia de Fer. Pensaba que quizás desde allí, desde Italia, aquella mujer tampoco era bienaventurada y creía una fatalidad del destino la vida que le había tocado llevar lejos de ella; no pensó nunca en volverla a ver aunque lo deseó toda su vida. A los sesenta y dos años: viudo, viejo y sin bienes, sin vida en sus pupilas para poder pintar, nada tenía que hacer  con aquel tormento que le seguía abrasando como el primer día. Nada le quedaba ya de dinero y se dedicaba a la mendicidad, no presentía su muerte tan cercana aunque sólo le faltaban tres semanas para morir.

   Únicamente contaba con un pequeño cuarto donde guarecerse, el resto del día lo pasaba en la calle viviendo de la caridad; muchos clérigos buenos que lo habían conocido en su esplendor le tenían lástima. Aquella semana final la estaba pasando peor que nunca, se sentía desprotegido y unos escalofríos intensos recorrían todo su cuerpo, apenas tenía fuerzas para llegar hasta su estancia, tenía extendido en el suelo un pequeño pañuelo sobre el que recogía las monedas cuando los pícaros, extendidos por toda Sevilla, no se las arrebataban en algún golpe de sueño. Si estos días fueron terribles, el viernes, ya ni siquiera consiguió levantarse de la puerta de la iglesia desde donde pedía para comer. Se quedó casi inconsciente, mareado, y cuando abrió los ojos, a eso de las siete de la tarde, se hallaba en un cuarto enorme recostado sobre una cama recién hecha, apoyado sobre dos grandes cojines de lana, por momentos pensó que había enloquecido. Le trajeron hasta allí la cena: una sopa caliente cocinada con ave y Rodolfo Schut se preguntaba a quien debía agradecerle este detalle.

   Una dama se aproximaba  hasta su cama y le hablaba cariñosamente, él ni siquiera podía verla. A la dama le gustó el medallón que llevaba en su pecho, era una foto de Natalia de Fer que el mismo había pintado, el anciano se resistía a abrirlo y mostrarlo pero agradecido y aturdido por el peso de su pasión secreta le contó la historia de su vida, pues aún moribundo estaba plenamente consciente y pidió a la dama que al morir, si es que llegaba a morir, porque la esperanza de volver a encontrar a Natalia lo seguía alimentando, le hicieran un enterramiento digno y le dejaran colgado del cuello este mismo medallón. Una vez que estaba por expirar, la dama, sujetando entre sus manos una de las manos del moribundo desplegó el colgante y vio en él a una hermosa muchacha de dieciséis años, en la otra parte del medallón aparecía la siguiente inscripción:

1666, Natalia de Fer

   Quedó tristemente conmovida al descubrir el retrato de aquella dama, ella misma había sido la joven que el viejo portaba en su medallón, ella era Natalia de Fer. Había enviudado hace unos años y había regresado de nuevo a su tierra natal; no había sido desgraciada del todo en su matrimonio pero nunca se sintió lo amada y protegida que hubiera deseado ser, por eso, cuando cerró los ojos de Schut besó tiernamente sus labios y recorrió en un instante toda su vida anterior; recordó el atractivo enorme de Schut en su juventud, un atractivo del que ya no quedaba apenas nada, si acaso algunos destellos del marrón luciérnaga de sus ojos que parecían saberlo y comprenderlo todo desde la lejanía, y pensó para sí cuanto hubiera cambiado su vida si Marcelo, su marido, la hubiera querido así o si se hubiera llegado a casar con Schut, pero la distancia social entre ambos era todavía un obstáculo prácticamente insalvable en estos tiempos, por eso Schut no osó quizás ir tras de ella. De esta forma el viejo Schut vino a ser amado y comprendido por Natalia De Fer en el mismo instante de su muerte, su alma llega en este instante hasta nosotros, debo anunciar otro nuevo nacimiento del que ya intuyo la mayor parte de sus pormenores.

   El viejo registrador contaba todo esto al nuevo asistente divino que entraba a ayudarle en sus quehaceres, el continuo vivir entre aquellas rocas húmedas habían malogrado su articulaciones, no siempre estaba dispuesto a escribir y registrar. Este joven sin duda le haría la vida más llevadera. Vivía desconociendo que esa misma noche, su muerte, en algún otro libro estaba escrita y que yo era sólo su sucesor.

Juegos de Realidad y Ficción I.

MARCO CAPELLO

Efebos, frutas y cacharros, Gabriel Morcillo borde blanco color alterado

MARCO CAPELLO:

  Marco Capello era italiano, tenía a sus pies todo un emporio de moda, siete u ocho mansiones en las que albergaba a cuatro pequeños chihuahuas encantadores pero tremendamente mal educados. Cada una de sus casas era un pequeño palacio: cuadros de Canaletto, porcelanas de Meissen,  alfombras de “petit-point”, sofás de piel de leopardo, techos forrados en madera, paredes tapizadas en telas bordadas en España. Los cuadros colgados en sus salones se volvían a ver dibujados en todos los cojines que había repartidos por doquier. Todas las divas del cine aseguraban adorarlo, porque a todas las vestía como nadie lo hubiera logrado. Sus imágenes de mujer en verdad poseían la eternidad y estaban a la altura de las diosas del Olimpo. Quizás si a Era la hubiese vestido Marco Capello no hubiera sufrido por parte de Zeus, tantas infidelidades. 

   En todas estas mujeres decía inspirarse, pero no era cierto, ninguna de ellas llamó nunca su atención. Su labor era la de un artista, capaz de embellecer la realidad hasta límites insospechados. Sus diseños  no eran más que otra imagen de él mismo travestido, adorado y amado por todo el género masculino. Marco Capello conocía su talento, si hubiera nacido en otros tiempos posiblemente hubiera sido un gran pintor cuyos juegos de luz aún hoy nos entusiasmarían o un escultor a la altura de su David como Miguel Ángel. Él se sabía de una raza distinta pero nunca osó declararlo porque conocía en exceso al género humano y a sus cincuenta y siete ya había comprendido de sobra que la mayoría de los mortales que habitaban en la tierra pertenecían a la secta del Fénix y que su mente nunca les daría para comprender su excepcionalidad ni su diferencia.

   Pero aquella mañana, al mirarse en uno de los muchos espejos que había repartidos por su casa de Roma, no se reconoció. Poco quedaba ya en él de aquel muchacho emprendedor de pelo rubio y engominado que hipnotizaba con su presencia. Su piel en otro tiempo tersa y suave se había hecho ruda con los años y aquellas pequeñas marcas en la comisura de sus labios que incluso agraciaban su sonrisa eran ya fuertes surcos difíciles de disimular. Hasta el azul intenso de sus ojos siempre vivarachos se reflejaba apagado y pardo en el cristal. Hacía ya varios días que se había hecho un chequeo médico completo y tenía el SIDA, todo su imperio parecía peligrar. Nada podía hacer por ocultar una enfermedad que pronto se filtraría por los medios de comunicación y lo más importante e insólito acabaría con su vida para siempre; cosa que nunca llegó pensar porque como todos creyó que moriría de viejo y que su hermana o alguno de sus sobrinos continuarían con su labor.

   Dos días, sábado y domingo encerrado en casa, el lunes iría de nuevo a la clínica y posiblemente tuviera que permanecer ingresado allí. Hasta entonces poco le quedaba que hacer, pensar y pensar. Se sentó delante del buró y lo abrió para coger papel de cartas, quería despedirse de su sobrino mayor que se encontraba ahora viviendo en Cerdeña y al que posiblemente ya no volvería a ver. Sobre los sobres de las cartas, dentro del buró se encontraba una pequeña fotografía que casi tenía 50 años. En el papel desgastado y agrietado ya por la edad se veía a Marco de niño junto con su amigo Aurelio, en el suelo había extendidos pequeños coches y camiones de madera pintados. Tampoco podía dejar de despedirse de Aurelio, al menos de telefonearle y tener una charla amistosa para que se quedara con un buen recuerdo de él. A pesar de los años que habían pasado desde esa fotografía él y Aurelio habían conservado la amistad, a pesar de la distancia geográfica que les separaba desde que él se había marchado a estudiar diseño y moda a la capital. Aurelio y él en verdad que siempre se entendieron, sobre todo de niños, Marco siempre conseguía hacerlo reflexionar. Aurelio era demasiado pasional, demasiado viril, Marco en cambio era un chico de rasgos sedosos, guapísimo. Siempre le decían que era más guapo que una niña, por eso nunca admiró a las chicas, porque la belleza ya la poseía él. Su mente era delicada, suave como sus acciones. Marco y Aurelio formaban un buen equipo, junto a él lo pasaba bien. Siempre tenía éxito en todas sus iniciativas y Aurelio que era más corpulento y fortachón también le hacía su servicio y si alguien se encaraba con él lo defendía. Toda su vida amorosa sería la búsqueda de ese esquema feliz formado en la infancia. Marco y Aurelio formaban un buen equipo, junto a él había felicidad. Nunca le dijo que era homosexual, Aurelio no lo habría comprendido, y esta era una amistad de las que en su opinión merecía la pena conservar.

    Con los años llegaron otros hombres a su vida fuera ya de la admiración que despertaba su padre, su tío y Aurelio ,sobre estos hombres ya tenía ciertos intereses  amorosos, hasta que se estableció por fin con Fabio pasó épocas bastante tormentosas en su corazón. El amor de Fabio le hizo alejarse del ambiente familiar, su padre que había sido hasta ahora su socio y principal inversor en el negocio de modas no llegó a entender una amistad tan estrecha que exigía vivir juntos a dos hombres de distinta familia. Y Fabio… el pobre, hubo de morir.

   Durante mucho tiempo creyó que la desgracia se había cebado con él y quizás tuviera razón. Haciendo repaso a su vida podía muy bien decir que nunca fue del todo dichoso. Qué pasaría, --se preguntaba ahora--, si hubiera sido heterosexual, porque él venía notando que el resto de la gente gozaba de un cierto sosiego espiritual que a él le había sido vedado. Quizás en algún rincón muy perdido de su infancia una pequeña infamia femenina se dejaba ver, quizás esa pequeña infamia hizo cambiar su cerebro y convertirse en lo que fue después. Quizás por eso no tuvo un desarrollo normal de su inteligencia, al menos en los afectos y quizás en otras muchas cosas más,  pero esa pequeña infamia que pasó antes de todo aún no la recordaba. Pudo ser un mal gesto, una mala acción de alguna pequeña diablesa de la que él esperaba mucho. En los últimos meses que le quedaban para cruzar a la otra orilla le fue permitido recordar a una niñita monísima de la que conservaba una foto aún, una casi prima política. Él esperaba ansioso conocerla y la chica quizás sintió cierta envidia, quizás pensó que algún daño la amenazaba y le dedicó una mala cara y un comportamiento poco digno de una dama. ¿Pero en su vida no había quedado nada de un incidente tan prematuro? Muy pronto sintió admiración por los chicos por su fuerza, por su impulsividad por su grandeza, como por Aurelio, como por su padre que era el hombre más maravilloso y guapo de la tierra, como por otros muchos más que siempre salían a su favor. Tal vez alguna vez había sentido un interés pasajero por alguna chica pero su mente de manera completamente automática había reaccionado pronto y le había hecho comprender que  a él no le gustaban las niñas.

   En el buró conservaba todos sus recuerdos más preciados, una cinta de “Mentiras arriesgadas” en la que Arnold Schuwarzenegger estaba insólito. Él diseñó el vestido de Jaime Lee Curtis, sí, ese que aparece mientras Arnold y  Helen bailaban el tango final. Cómo le hubiera gustado a él danzar junto a Arnold en ese tango final. Sentir sobre si el fuerte abrazo de sus brazos y esa miradilla diabólica posándose en sus tiernos ojos azules. Llegó a conocer a Arnold, estuvo invitado en una cena del futuro senador. Arnold apenas le dio un brusco apretón de manos mientras su mirada recorría todos y cada unos de los escotes femeninos que había apoyados a lo largo de la larga mesa oval.

   Todas las joyas que Fabio había diseñado para sus colecciones ocupaban todos y cada uno de los cajones del buró. Fabio era de perfil griego y cabellos rizados y morenos, con enormes pestañas, se conocieron en un Club que regentaban dos homosexuales, por allí sólo iban hombres. Ahora que era famoso, que tenía una reputación que guardar no podía pasar por ninguno de estos clubs y se veía obligado a acudir a los conocidos de toda la vida y algún gigoló recomendado que guardaba absoluta discreción. Cada vez que su mano recorría un collar, un pequeño broche diseñado por Fabio las lágrimas le acudían a los ojos ya casi sin saber el porqué. Después del tiempo que había pasado, de las aventuras que habían transcurrido por su vida seguía enamorado del joven Fabio. En uno de los dormitorios conservaba toda su ropa, sus zapatos siempre limpios, sus corbatas a rayas de colores…Todos los libros que leía estaban también alojados en su biblioteca. Fabio murió de cáncer con sólo veinte y nueve años, era seis años más joven que él. Poco les duró la felicidad, apenas siete años de vida en común, los que Marco recordaba y recordaría hasta su última exhalación como los más felices de su malogrado destino. El recuerdo de estos años atormentaban la vida de este personaje que no había obtenido más felicidad en su vida adulta que Fabio, aparte siempre de sus logros profesionales, pero para Marco Capello toda la gran alegría de vivir se reducía al amor.

   El diseño también había sido una vocación temprana en su vida, su madre era una mujer elegante en el vestir, tenía dinero y siempre que salía despertaba la admiración de los hombres. Su padre le regalaba magníficas joyas, collares de piedras preciosas, pulseras de las que colgaban moneditas de oro que tintineaban al ágil movimiento de sus manos y que él deseaba atrapar. Su padre en verdad amaba a su mujer, este amor lo engrandecía ante los ojos del pequeño Marco.

   La admiración más temprana que sintió el joven Marco fue hacía su padre. Apenas lo veía durante la jornada de trabajo porque el siempre andaba trabajando en sus negocios, pero  por las noches cuando llegaba a casa aún cansado le leía un pequeño cuento al joven Marco y lo besaba en la frente. Su padre era mucho más alto que él, mucho más fuerte, mucho más admirable. Tenía unos brazos musculosos y fuertes que podían con todo y sus ojos eran grandes y negros como el azabache. Serían los mismos ojos que vio en Fabio.

    Su tío César se parecía mucho a él. César siempre sacaba a pasear a Marco hasta que Lina, su futura esposa llegó a su vida, entonces Marco la vio, en su pequeña mente, como una pequeña enemiga que acaparaba el cariño de César y a la que él nunca se atrevió a contrariar.

   Lo demás de su historia ya se lo pueden ustedes imaginar el amor siempre asociado al tormento y a la desesperanza. Las relaciones esporádicas que nunca llegaron a cuajar.  La lucha por volver a encontrar el papel  feliz de una infancia que ya nunca regresó. Y siempre la marginación y el desarraigo, la falta de amor…. En la mente de Marco Capello no había vicio, ni pecado, simplemente enfermedad.

(Pequeño relato extraído de Juegos de Realidad y Ficción II, Madrid, Entrelíneas,2009)